Gustavo Javier
Fernández, quien permaneció desaparecido durante 36
días por la dictadura militar en 1976, declaró que
fue secuestrado junto a su hermano Carlos Alberto
(quien permanece desaparecido) de una vivienda que
pertenecía al actual intendente Miguel Prince, y que
pudo salvarse fugándose de una quinta ubicada en
Luján, que funcionaba como "centro clandestino
de detención".
En el marco de
los Juicios de la Verdad, Fernández relató, el 10 de
diciembre, su espeluznante experiencia, que finalizó
cuando un familiar pudo ocultarlo en Open Door para
después emigrar a Chivilcoy, ciudad en la que reside
actualmente.
El mismo día
en que Prince comenzó su tercer mandato consecutivo,
el sobreviviente contó su experiencia ante los jueces
y empezó a desenredar la maraña de una historia
trágica y, hasta hoy, oculta: la de los desaparecidos
de Luján.
"IRME O
IRME"
Fernández fue
secuestrado el 26 de agosto de 1976 en un lugar que no
pudo precisar, cercano a la Avenida Richieri y General
Paz, que podría estar ubicado en la provincia de
Buenos Aires o en la Capital Federal. De acuerdo a su
testimonio, dado a conocer por la Asamblea Permanente
por los Derechos Humanos (APDH) de La Plata, el sitio
del que fueron "levantados" era una casa de
Prince, quien también fue secuestrado.
Después de
haber pasado 36 días en distintos centros
clandestinos de detención, una noche logró escapar
del asiento trasero de un Falcon que los represores
dejaron estacionado en una casa quinta en las afueras
de Luján.
"(Los
represores) se bajaron del auto y fueron hacia la
casa. Se escuchaban gritos. Yo estaba debajo de una
frazada y la venda de los ojos se me había bajado. Me
asomé por la ventana y no vi a nadie. Con la boca
levanté la traba de la puerta. Vi que no me habían
dejado custodia. El auto estaba entre un camión y
atrás había dos autos más. Busqué en los otros
autos a mi hermano pero no había nadie. Era
consciente que tenía que irme o irme y corrí, con
las manos atadas, atravesando el campo", relató.
Mientras
corría, logró desatarse el trapo que le unía las
manos hasta que llegó a la ruta 5 y se dio cuenta que
estaba en Luján. Luego ingresó a la ciudad por un
camino de tierra y fue a pedir ayuda a la casa de un
amigo, que lo contactó con su tío Raúl Fernández.
El familiar lo sacó de la ciudad y lo alojó unos
días en una casa de la localidad de Open Door,
partido de Luján, y luego le consiguió trabajo en un
campo.
Días después
del escape, los represores se presentaron en la casa
de su madre. Y secuestraron durante un día a la tía,
esposa de Raúl Fernández, para arrancarle datos
sobre el paradero de Gustavo. Pero no obtuvieron nada.
En enero del '77 el joven se fue a vivir a Chivilcoy.
CRONICA DE
UN SECUESTRO
Ni bien fueron
detenidos el 26 de agosto de 1976, los hermanos
Fernández fueron llevados a la Superintendencia de
Coordinación Federal, en la Capital Federal, donde
fueron alojados en una "celda grande". A los
dos o tres días, un grupo de hombres que se
identificó como "Comando Bruno Genta", se
los llevó, llamándolos por su nombre, a lo que
podría ser la Delegación Avellaneda de la Policía
Federal.
Allí fueron
golpeados y torturados con picana eléctrica sobre el
elástico de una cama. "Nos ponían una bolsa en
la cara hasta que se nos cortaba la
respiración", dijo Fernández. En ese lugar el
testigo vio al hoy desaparecido Carlos Ochoa, en cuya
causa fue citado a declarar. "Me dijo que
trabajaba en el Banco Nación". Ese fue el único
dato que Gustavo pudo aportar sobre la víctima.
Allí también
dijo haber visto a un joven estudiante secundario
llamado Claudio, oriundo de La Plata, que, según le
contó, había sido secuestrado con otros compañeros
posiblemente durante la denominada "Noche de los
Lápices". Los jueces Julio Reboredo y Leopoldo
Schiffrin le preguntaron si podía ser Claudio De
Acha, una de las víctimas de aquel episodio, pero el
testigo no pudo precisarlo.
A mediados de
septiembre del '76 los hermanos Fernández fueron
trasladados a la Brigada de Quilmes ("el
Pozo") junto a otros detenidos. Ese fue el lugar
en que por última vez Gustavo vio a su hermano
Carlos.
Luego fue
trasladado a lo que describió como "una vieja
comisaría que no estaba en funcionamiento". En
ese lugar estuvo dos o tres días más. Una noche lo
subieron atado y vendado en un auto y lo cubrieron con
una frazada. En esa oportunidad escapó cuando el auto
quedó estacionado en una casa quinta de Luján, que,
según pudo saber por comentarios, pertenecía a un
comisario de esa zona.