Dicen que toda la vida
se dedicó a lo mismo, a delinquir. Y ese curioso
"oficio" lo llevó a la práctica de las más
diversas formas. Autos, casas, transeúntes, le daba lo mismo.
Si tenía que pegarle a un gil lo hacía sin pudor o si había
que gatillar contra un rati no le temblaba el pulso.
A los 23 años, y
haciéndose pasar como Fabián Medina, un par de vigis lo
mandaron al frente ante un fiscal. Fue la semana pasada en los
Tribunales de Mercedes. Se acababa la suerte de Juan Manuel
Álvarez, alias "El Lola", temido hampón que solía
moverse en los suburbios de Luján y que supo ser una pieza
clave en la desarticulada banda de Los Lucero.
Los investigadores que
estaban detrás de sus pasos no le conocen familia. Saben que
desde que era un niño anduvo con "malas juntas".
Empezó, como muchos, robando alguna nimiedad y a medida que
pasaban los años iba escalando en la categoría de hechos,
hasta llegar a tener sobre sus espaldas una tentativa de
homicidio por haber baleado a un policía cuando se metió a
la casa para robar.
Hace unos años lo
sacaron del río semiahogado. Se había tirado desde el puente
Mitre luego de asaltar una florería, pero en su arriesgada
maniobra tuvo tiempo de deshacerse del arma como para que la
Justicia se apiadara un poco de él. Sin embargo, luego de un
breve rastrillaje el "fierro" pudo ser encontrado y
la carátula no se movió de "robo calificado".
A pesar de su edad era
un "viejo carcelero". Cuando salía de prisión
volvía a parar en el barrio San Jorge. Allí estaba el
aguantadero de los hermanos Lucero. También tuvo un breve
paso por el barrio Ameghino y, últimamente, estaba parando
con nombre falso en el barrio Fonavi del partido de General
Rodríguez.
"El Lola"
sabía muy bien las ventajas que implicaba moverse con otra
identidad. Por eso se hacía llamar -al menos así se hizo
pasar cuando lo detuvieron por resistencia a la autoridad hace
dos semanas- Fabián Medina, nombre éste no elegido al azar.
Por el contrario, se trata de otro malandra de interesante
prontuario que "pateaba la calle" junto con Los
Lucero y hoy también está en la "gayola", luego de
caer detenido en el último "mega operativo"
policial.
FUEGO CONTRA FUEGO
Fuentes policiales
cuentan que "El Lola" interceptó a un joven que
circulaba en moto por el barrio San Francisco y a fuerza de
golpes le sustrajo el rodado no sin antes desfigurarle el
rostro a trompadas. Con esa moto, una tarde se cruzó al
móvil policial en el barrio San Jorge. Iba acompañado por un
menor y en una mala maniobra los dos fueron a parar a una
zanja. El menor resultó aprehendido pero "El Lola"
sacó su arma y empezó a gatillar antes de huir por los
descampados que hay en la zona.
Una mañana de domingo
fue sorprendido otra vez por la policía. Fiel a su instinto,
"El Lola" respondió con balas pero sin llegar a dar
en el blanco, aunque se cree que un par de plomos terminaron
en su cuerpo. No obstante, logró zafar nuevamente al
internarse en las profundidades del periférico barrio que
conoce como la palma de sus manos.
En ese tiempo -no hace
mucho- ya había fuertes sospechas que era autor del robo de
varios autos y se tenía la certeza de que había asaltado a
un remisero de "El Cielo" y desguazado el vehículo
a plena luz del día. También se lo acusaba de haber atracado
y herir de un disparo en una pierna a un viajante, cuando
éste se detuvo al costado de Gaona por un desperfecto
mecánico en el palier de su Peugeot 605. A su vez, estaba en
la mira de los pesquisas cuando varios malvivientes asaltaron
al casero que cuida el predio del Sindicato de Trabajadores
Municipales.
Para entonces, su
captura era una de las prioridades que tenían en Luján
Primera. Una vez detenidos los hermanos Lucero y un malandra
llamado Carlos Alberto Benítez, de 22 años, que formaba
parte de la peligrosa gavilla y había participado el 15 de
febrero en el asalto a la familia del policía Esquivel, sólo
restaba dar con Álvarez. Recién ahí se cerraría un
capítulo más de la historia policial vernácula.
Y el final llegó
aunque más no sea por un hecho fortuito, pero llegó. Esta
vez la suerte no estuvo del lado de Álvarez y los viejos
vigis que lo reconocieron respiraron aliviados. "El
Lola" se fue de la Alcaidía jurando venganza a los
cuatro vientos para quienes los acababan de delatar. Llevaba
las manos esposadas y el pelo algo teñido de rubio.
Con su porte
amenazante, enfiló en dirección a un camión celular que lo
depositaría minutos después en la cárcel. Allí deberá
pasar un buen tiempo tal vez tratando de recapacitar, aunque
se estima que no sería tarea sencilla que pueda lograr.