¿Qué pasa en el Museo Udaondo?
Las autoridades están ocupadas en otras cuestiones como para reparar en lo que sucede o se denuncia desde un museo. Esos temas, salvo situaciones escandalosas o la necesidad de una foto “para figurar”, jamás se instalan en el podio de las prioridades de una gestión. Por eso, los presupuestos son cada vez más acotados, los funcionarios destinados a esos establecimientos transitan sus gestiones sin mayores presiones ni objetivos por cumplir y el deterioro que antes alertaba ya no sorprende. Es en ese contexto, lamentable pero real, en el que se ubica el Complejo Museográfico Enrique Udaondo, dependiente del Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires.
Como parte de una lógica de gestión, su responsable, en este caso la historiadora Araceli Bellotta, genera actos o acciones que justifican su presencia y su salario. Por eso, tanto la actual directora como sus antecesores apelan a celebraciones virtuales para que sus jefes crean que están ocupándose de la tarea asignada. Nada más sencillo, entonces, que inaugurar sectores, pabellones o salas que ya fueron inaugurados en reiteradas ocasiones y con el correr de los meses o años se cerrarán sin que nadie lo note, para que otro director futuro se vanaglorie de volver a inaugurarlas.
Una recorrida minuciosa por los espacios del Museo Udaondo dará a expertos y/o neófitos un panorama de la realidad que atraviesa uno de los complejos con mayor valor arquitectónico y patrimonial del país. Salas cerradas sin explicaciones ni proyectos para su reapertura; abandono en sus estructuras; precariedad extrema para que los empleados cumplan con sus horas de trabajo y escasa folletería para acompañar una visita son sólo algunas de las falencias que se evidencian a diario.
Pero a lo visible lo subyace otra realidad que preocupa: el presunto menosprecio por lo que atesoran sus paredes. Como en muchos establecimientos oficiales, sus empleados hacen lo que pueden con lo que tienen. Las restauraciones marchan a paso lento -cuando marchan- y la seguridad en ciertos sectores es tan precaria que causa escozor pensar en lo expuesto que se está ante un arrebato.
Pero hay más: semanas atrás se reflotó una polémica que Luján, como custodio de este patrimonio que con esmero nos legó Udaondo, no se muestra dispuesta a subsanar. Se trata de los préstamos o cesiones de objetos para otras instituciones, eventos o simples caprichos de funcionarios de alto rango que quieren en sus despachos alguna pieza del Udaondo.
En cada ocasión que este tema sale a la luz, las autoridades aseguran que todo se hace conforme marca la ley. Pero lo cierto es que, muy a pesar de los documentos respaldatorios, hay objetos de valor inconmensurable que salen y se presume que no siempre regresan. Baste como ejemplo contar lo que pasó con las puertas de la Casa Histórica de Tucumán; el nuevo debate por la salida de la veleta que le dio nombre al barrio de Caballito y diferentes museos del interior que han armado prácticamente salas enteras con “donaciones” de anteriores directores del Museo Udaondo.
Hay quienes afirman que la actual directora concurre sólo un par de días por semana al Museo y en horarios que le impiden cruzarse con el grueso de los trabajadores del establecimiento. Tal vez esta reseña sirva para que se empape de una realidad que debería preocuparla si es que está dispuesta a cumplir con el rol que le asignaron desde Provincia.