Algodonera Flandria: a 20 años de la caída de un gigante
Sábado//La textil fundada en la década del 20 por el industrial Julio Steverlynck marcó el desarrollo de la localidad de Jáuregui y alrededores. El 31 de enero de 1995 ocurrió algo que parecía imposible: se enviaron los telegramas de despido para todos los trabajadores.
En 1928, las viejas instalaciones donde había funcionado un molino harinero fundado por José María Jáuregui fueron adquiridas por un belga de nombre Julio Steverlynck. Ese año comenzó a funcionar la textil Algodonera Flandria Sudamericana, inicialmente habilitada en Valentín Alsina.
Desde entonces, la zona inició un importante desarrollo material que giró en torno a una empresa considerada todopoderosa durante décadas y, en términos sociales, omnipresente. Jáuregui creció al ritmo de Algodonera Flandria y de la idiosincrasia de un empresario que el cariño popular designaba como "Don Julio".
Mediante los aportes económicos de la textil, florecieron clubes, escuelas, centros de salud y otras instituciones, además de facilitar créditos para que los obreros pudiesen adquirir sus viviendas. A cambio, Steverlynck y su Algodonera Flandria transmitían un modo de vida que tenía entre sus puntales un férreo culto católico.
Aquella empresa parecía eterna y muchos de sus trabajadores que habían ingresado apenas adolescentes consideraban que nada podía perturbar, como había pasado con sus padres, el camino hacia una jubilación y un retiro seguro.
El 31 de enero de 1995, esa creencia de perpetuidad se estrelló contra la realidad, como síntesis de una crisis que concluyó de la peor manera: los propietarios de la firma, hijos del fundador de Algodonera Flandria, enviaron los telegramas al total de los trabajadores.
Fue el final de una historia que empezó a mostrar su rostro en la década del 80, con determinadas situaciones conflictivas. Con el avance de los 90 y la política salvaje de desindustrialización, el desenlace se apresuró.
En enero de 1994, la empresa iniciaba el año con un nuevo problema. EL CIVISMO informaba que "después de un año agotador –en el que, además de trabajar en sus tareas habituales, debieron poner todas sus energías en una lucha cerrada para poder cobrar lo que les correspondía-, ahora se encuentran con que, en el momento de tomar un merecido descanso, el dinero para el pago de las vacaciones no aparece".
El 3 de enero, aproximadamente 200 trabajadores decidieron concurrir a la empresa y permanecer sin trabajar hasta tanto les abonaran el dinero de las vacaciones que debían tomarse. Hubo una solución parcial, pero el atraso en el pago de sueldo continuó como un mal endémico.
Para mayo de ese 1994, Algodonera Flandria acumulaba deudas salariales desde diciembre del año anterior. En ese clima, se repetían las audiencias en la Subsecretaría de Trabajo. Un mes después, se anunciaba la suspensión del personal. Los empresarios hablaban y justificaban su decisión en "la falta de trabajo y materia prima, a causa de fuerza mayor".
En julio, los afiliados de SETIA, uno de los sindicatos con representación en Algodonera, mantenían una olla popular durante varias semanas en la puerta de la fábrica en respuesta a salarios incumplidos. Finalmente, se propuso el pago de sueldos adeudados en 12 cuotas.
Sin embargo, en agosto las suspensiones alcanzaron a personal de la Asociación Obrera Textil (AOT) y para octubre fueron despedidos 30 obreros.
El final de ese tormentoso año prometía algo de felicidad, después de un freno en la producción: "Desde la semana pasada, Algodonera Flandria reinició el funcionamiento de algunas de sus secciones, pensando en recuperar totalmente su actividad. Sin embargo, no se cancelaron las abultadas deudas que mantiene con sus empleados, ni tampoco ha anunciado un cronograma para pagar esos haberes. Se recurrió a la fuerza pública para hacer comparecer a Javier Steverlynck en la Subsecretaría de Trabajo para una audiencia con SETIA", informaba este medio.
De todos modos, un día antes de Navidad, el final parecía próximo. A contramano de la promesa de reactivación, las crónicas periodísticas indicaban que "los trabajadores no sólo sufren las consecuencias de su suspensión por tiempo indeterminado, sino que son cada vez más ciertas las posibilidades de que la fábrica cierre definitivamente sus puertas". Se denunciaba, además, que "la familia Steverlynck no hace nada para aclarar la incertidumbre de los obreros, y no confiesa cuáles son sus verdaderas intenciones, si recuperar la actividad de su planta o quebrar".
En los días previos a los telegramas fatales, los sindicatos gestionaban seguros de desempleos para los trabajadores que pronto dejarían de serlo. EL CIVISMO marcaba que "las familias pasaron las fiestas en medio de una situación angustiante, sin que los Steverlynck les pagaran ni un peso del dinero que les adeuda y sin que el gobierno sallaberrista les otorgara un prometido bono solidario".
Luego de las comunicaciones que ponían punto final a las relaciones laborales de unas 400 personas, en febrero los responsables de Algodonera Flandria anunciaban su intención de reanudar las actividades con unos 150 operarios. Por aquellos días, los obreros estaban divididos: algunos consideraban que los Steverlynck habían dejado de ser hombres de palabra y, por lo tanto, no se les podía creer; mientras que otros aceptaban la reincorporación siempre y cuando se les pagara las deudas.
Aunque la reapertura tenía fecha, las promesas de los empresarios volvieron a incumplirse. Contrariamente al compromiso asumido, aquel lunes 20 de febrero los telares no volvieron a ponerse en marcha. La justificación apuntaba a que todavía no se había podido levantar la deuda de gas que mantenía la firma.
Una semana después, EL CIVISMO calificaba como "El cuento de la buena pipa" a la situación de Algodonera Flandria. Esa vez, la continuidad de la inactividad se justificó en "falta de insumos que afectan indefectiblemente la marcha de la fábrica".
Luego de una supuesta reactivación que se mantuvo como promesa durante meses, se concretaron las primeras ventas de maquinarias.
En octubre, y durante un corto tiempo, una parte de las instalaciones sirvió para el funcionamiento de Alfombras Atlánticas, firma vinculada al director de la desaparecida textil. Para eso se valieron de un puñado de ex empleados sometidos a condiciones laborales donde los derechos quedaban al margen de todo: sueldos preestablecidos, sin reconocimiento de antigüedad ni de viejas deudas.
Instituciones en peligro
La quiebra de Algodonera Flandria puso en peligro el futuro de las instituciones creadas bajo el amparo de la empresa, pero a las que nunca se les había otorgado el título de propiedad de los terrenos.
Solo la intervención de varios sectores, desde religiosos hasta políticos, evitó lo que hubiese significado una verdadera hecatombe social. Estaban en juego entidades como el Colegio San Luis Gonzaga, el Club El Timón, la Escuela Inmaculada Concepción, el Club Flandria, el Círculo Criollo Martín Fierro y el propio estadio Carlos V.
Finalmente, el salvataje multisectorial se tradujo en una ley aprobada por la Legislatura Bonaerense sancionada el 23 de diciembre de 1998. En la actualidad está en marcha el proceso de escritura que garantiza la titularidad de las propiedades a cada institución.
Las reflexiones de un Steverlynck
En octubre de 1995, cuando la historia de Algodonera Flandria como industria textil estaba terminada, uno de los hijos del fundador de la firma dialogó con este medio. En esa entrevista Jorge Steverlynck analizaba, desde una perspectiva empresaria, el desenlace de la crisis y planteaba la necesidad de establecer en el predio un parque industrial, cuestión que recién comenzó a tomar forma ocho años después, aunque con otros nombres y hombres.
"Para poner en marcha una empresa como ésta, que no tiene capital en giro líquido, la única forma es empezar a ponerla en marcha por sectores, haciendo sociedades específicas con distinta gente que trae el dinero", proponía.
En cuanto al cierre de Algodonera Flandria, consideraba que "con la desesperación de mantener lo que Don Julio había hecho, era como vergonzoso achicarlo, y los que manejaron la empresa fueron mucho más lejos de lo que tenían que haber ido al tratar de mantenerla como estaba; cuando se cayó, se cayó mucho más duramente… hubo una mezcla de sentimentalismo con realismo, y el sentimentalismo es malo para estas cosas".
Jorge Steverlynck planteaba que "desgraciadamente una empresa es un sistema racional en un mundo en el cual todo se maneja de ese modo; cuando uno pone lo afectivo en la cosa, a veces, desgraciadamente, la situación termina siendo peor de lo que hubiera sido de la otra manera".
"Al final faltó claridad en las decisiones, cosa que no creo que hubiese pasado con mi padre, porque él se tragó la crisis del 30. Yo creo que lo que pasó aquí fue que, de alguna manera, en la crisis que siguió lo que se tendió fue a pensar "si mi padre lo hizo así, era lo perfecto entonces, hay que seguir exactamente igual"", comentaba en aquel contacto con este medio.
Al ser consultado sobre qué pensaría su padre sobre el cierre de la empresa, Jorge Steverlynck suponía que "lo que hubiera buscado era ir recomponiendo la empresa, buscando fundamentalmente el tema de las fuentes de trabajo porque, si era una persona desinteresada en el dinero, le interesaba la industria en sí, y la industria no puede funcionar sin personal".
Y en cuanto a su rol durante los últimos años de la empresa, afirmaba que "nosotros fuimos asesores de Flandria hasta hace un par de años, después, como no nos pagaban, tuvimos que dejar de serlo (risas)".
Linera, la otra caída
Pocos meses después del cierre de Algodonera Flandria, la otra firma propiedad de la familia Steverlynck, Linera Bonaerense, atravesó un desenlace similar al vivido por su hermana mayor.
En mayo de 1995, eran despedidos 18 trabajadores, en un marco de salarios adeudados y rumores de un inminente llamado a convocatoria de acreedores. La crónica de EL CIVISMO detallaba que para ese entonces la empresa "todavía adeuda la segunda cuota del sueldo anual complementario –o aguinaldo- de 1994, más las retribuciones quincenales correspondientes a los pasados meses de marzo y abril".
Semanas después, la crisis derivaba en la suspensión completa del plantel de trabajadores, mientras se repetían las frustraciones de alcanzar una solución en distintas audiencias que las partes mantenían en la Subsecretaría de Trabajo. Como había pasado con Algodonera Flandria, Linera terminó por cerrar sus puertas.
El resurgir
"El viejo arco de la Algodonera Flandria con la pintura reluciente. Decenas de policías en el ingreso a la planta. Bomberos listos para asistir en el aterrizaje del helicóptero. Vecinos alborotados por la pompa y las circunstancias. Funcionarios trajeados. Cholulos como para exportar", relataba la crónica sobre la inauguración del Parque Industrial Villa Flandria, en agosto de 2003.
Dos años antes, exactamente el 28 de diciembre de 2001, en la sala del Centro de Rematadores se subastaron los bienes de la ex textil. Carlos Diforti, un pequeño empresario de la localidad de San Martín, adquirió el imponente predio a la vera del río Luján.
La apertura del nuevo proyecto contó con la presencia del flamante presidente de la Nación, Néstor Kirchner: "No hay grandes salidas mágicas. Las paredes se levantan un ladrillito sobre otro. Ya sabemos dónde nos llevan las salidas mágicas, los iluminados de turno, los que lo saben todo, los soberbios, la incapacidad y la corrupción. Quería compartir la puesta en marcha de este parque industrial que tiene un símbolo profundo, el de dejar atrás esta vieja Argentina que hasta hace poco nos martirizó a todos, fundamentalmente en la década del 90", expresó Néstor Kirchner en su discurso.