Desde la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia informaron que el abuso sexual se encuentra entre las primeras causas de vulneración de derechos de los niños y adolescentes. Muchas organizaciones que se ocupan de estas situaciones aseguran que las víctimas sufren un daño irreparable a su integridad física, psíquica y moral.
La caracterización de “problemática” no alcanza para definir tal situación: un niño o un adolescente abusado sexualmente. El sufrimiento, el trastorno y la marca que provoca un hecho de tal magnitud es inimaginable y en muchas ocasiones “innombrable”, incluso por las propias víctimas, aunque los años de su vida hayan transcurrido.
El abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes es una de las peores formas de violencia. A pesar de que constituye un problema creciente y, paradójicamente, exista una mayor conciencia social, la mayoría de los casos no son detectados ni denunciados.
Desde el año 2000 se designó el 19 de noviembre como el Día Mundial para la Prevención del Abuso contra los Niños en todas sus formas: sexual, emocional, negligencia y maltrato.
Dentro de las múltiples formas de vulneración de derechos de la niñez y la adolescencia que existen, aseguran que el abuso sexual es el modo de abuso más delicado y perverso, por el modo como daña la intimidad y la integridad de los sujetos.
Son experiencias sumamente complejas para su tratamiento. La mayoría de los expertos en el acompañamiento de las víctimas describen que, en la mayoría de los casos detectados, no suele haber lesiones físicas que funcionen como indicios para determinar quién fue el agresor ni hay una conducta específica o prototípica que los niños víctimas presenten. Tampoco suele haber testigos, ya que quien comete un abuso sexual suele hacerlo a escondidas.
“Todos estos factores, sumados a prejuicios culturales que operan en detrimento de los niños cuando toman la palabra para develar sus padeceres, hacen que el diagnóstico y posterior denuncia sean una tarea compleja. También opera una premisa falsa que sostiene que ‘si no hay lesión, no hubo abuso’. Esto agrava la situación porque sin detección los niños no reciben tratamiento, ni protección ni justicia”, detalla Unicef Argentina en su publicación “Abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes: una guía para tomar acciones y proteger sus derechos”.
Las víctimas sufren un daño irreparable a su integridad física, psíquica y moral. Se daña su derecho a la integridad, la intimidad, la privacidad y, principalmente, se vulnera el derecho a no ser expuesto a ningún tipo de violencia, abuso, explotación o malos tratos.
Los niños y adolescentes víctimas de abuso sexual con frecuencia callan: por miedo, culpa, impotencia, desvalimiento, vergüenza. “Suelen experimentar un trauma peculiar y característico de este tipo de abusos: se sienten cómplices, impotentes, humillados y estigmatizados. Este trauma se potencia con el paso del tiempo, cuando la conciencia de lo sucedido es mayor”, asegura Unicef en su publicación.
En diálogo con EL CIVISMO, desde la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia de Luján, informaron que el abuso sexual, en sus diferentes grados o formas, se encuentra entre las primeras causas de vulneración de derechos de los niños y adolescentes en la geografía local.
Si bien este medio no obtuvo datos precisos, lo comunicado desde este estamento municipal se convierte en una declaración dolorosa o al menos alarmante: “En el curso de este año desde el Servicio Local estamos llegando a casi 2000 intervenciones ante situaciones de vulneración de derechos de niños y adolescentes”.
“Los casos que nosotros más hemos detectado son abuso sexual y violencia. Si bien el abuso es una forma de violencia, también está la situación en la que los niños son golpeados o violentados psicológicamente”, informaron.
QUÉ, QUIÉN Y DÓNDE
El abuso sexual ocurre cuando un niño es utilizado para la estimulación sexual de su agresor (un adulto conocido o desconocido) o la gratificación de un observador. Implica toda interacción sexual en la que el consentimiento no existe o no puede ser dado, independientemente de si el niño entiende la naturaleza sexual de la actividad e incluso cuando no muestre signos de rechazo.
Las estadísticas son escasas. Los patrones o tipificaciones pocos claros o muy difíciles de sistematizar. Sin embargo, Unicef describe algunas tendencias a partir del análisis de distintos casos.
“Aunque la mayoría de las víctimas de abuso sexual e incesto paterno filial son niñas y adolescentes del género femenino, también los varones sufren abusos que callan por temor a ser cuestionados respecto a su orientación sexual y por miedo a ser vistos como agresores sexuales”.
“En la mayor parte de los casos judicializados los abusos son cometidos por conocidos y familiares, que acceden con facilidad al niño y aprovechan la confianza nacida en la convivencia. Suelen reiterarse en el tiempo, durante meses e incluso años, antes de ser descubiertos”, detalla el informe.
Más allá del ámbito familiar, también han sucedido (y suceden) en diferentes instituciones de la sociedad.
Además, asegura que quienes cometen actos de abuso sexual pertenecen al género masculino, aunque también existe una proporción minoritaria de mujeres agresoras, que se diferencian de los varones por su falta de empleo de violencia física.
“El incesto paterno filial, violación del tabú primordial, es el caso que reviste mayor gravedad debido a las consecuencias devastadoras que provoca sobre todos los aspectos de la vida cotidiana, destruye tanto la subjetividad como la configuración familiar”, agrega la publicación.
MÁS CONCIENCIA, MÁS POLÍTICAS
Sin duda alguna, la dimensión y la gravedad de esta forma de violencia ejercida contra la infancia demandan, de forma urgente, continuar diseñando y profundizando políticas públicas que promuevan la prevención, la recolección de datos y la identificación de las víctimas de abuso sexual.
En tanto, es imperiosa la necesidad de campañas de sensibilización dirigidas tanto a los niños, adolescentes como a los adultos que se desempeñan en los sistemas de protección de derechos y a la comunidad en general.
Además, los expertos insisten en que es fundamental favorecer la comunicación con los niños desde que nacen. La educación en torno a la comunicación y la conciencia del propio niño o adolescente pareciera ser una herramienta valiosa para la prevención.
Esto lo afirman desde diferentes organizaciones que abordan este tipo de violencia: “Hay numerosos programas diseñados para enseñarles desde pequeñas nociones acerca de su seguridad corporal, los límites saludables y las diferencias entre tocamientos buenos, confusos y malos”, explican.
“Sin detección no es posible implementar medidas de protección, ni brindar tratamiento para las víctimas y sus familias. Al mismo tiempo, debemos considerar que el agresor sexual que no reconoce su crimen, que no busca tratamiento, que no es identificado ni recibe sanción alguna representa un riesgo para los niños y para toda la sociedad”, detalla el informe de Unicef.