Volver al pasado: los 90 y la última gran crisis 

Como en el resto del país, el cierre de fábricas fue el denominador común de aquellos años, marcados por un profundo deterioro de los indicadores sociales. Un repaso de archivo expone el surgimiento de otras situaciones problemáticas similares a las actuales, que se expresaron en reclamos que volvieron a ganar vigencia.

Nada en la historia se reproduce de manera idéntica. Pero existen similitudes y comparaciones inevitables. Ese fenómeno asociativo entre el presente y el pasado se profundiza cuando la brecha entre uno y otro tiempo no es demasiado larga.

Por eso la actual ola de despidos y otros padecimientos laborales encuentran como antecedente inmediato la década del 90, marcada por un aparato productivo que se hizo añicos consecuencia de políticas económicas concretas. Aunque cada caso tuvo elementos particulares, las persianas bajas y un incremento notorio del desempleo fueron los denominadores comunes.

Luján no escapó a esa dinámica y aquellos años marcaron el final de tradicionales industrias locales de diferentes rubros. Eso estuvo acompañado por un notorio deterioro de los indicadores sociales y problemas que parecen reproducirse hoy, con la depresión del consumo como disparador.

Si se piensa los 90 desde una concepción estricta en términos temporales -es decir, sin atender los años anteriores-, la década comenzó para la ciudad con el tambaleo de una firma de larga trayectoria. En el verano de 1990, Fibraco encaró el último capítulo de su historia. Las medidas de fuerza se sucedieron como respuestas a deudas salariales abultadas. También en el rubro textil se anticipaba lo que terminó por concretarse en los años siguientes. Como en el resto del país, los trabajadores locales efectuaron paros por turnos para reclamar mejoras de sueldos.

En Fibraco se vivieron meses convulsionados. Después de un intento fallido, la Justicia pudo secuestrar maquinaria que se encontraba en condición de prenda por deudas que los propietarios no habían cubierto. En un hecho poco frecuente, la resistencia al intento de desmantelamiento -de la que participaron los trabajadores y dirigentes políticos-, hizo que el entonces intendente Prince terminara condenado por el delito de desobediencia, con una pena de 15 días de prisión en suspenso. Meses después, la maquinaría regresó a la industria de la ex ruta 7, pero todo continuó a los ponchazos. Algunos despidos parciales antecedieron el desenlace, ocurrido en noviembre de 1992. Cien trabajadores quedaron en la calle.

En aquel primer año de la década, otras firmas atravesaban por situaciones complejas. La histórica Algodonera Flandria mostraba sus flaquezas. Las suspensiones se volvieron moneda corriente. Además, EL CIVISMO contaba que “entre las empresas metalúrgicas, Burco es quizás la que está atravesando la situación más difícil, con una abultada deuda de sus propietarios con los trabajadores”. En abril, se decretó su quiebra.

En octubre de 1992 se remataron los activos de la empresa IES (Industrias Eduardo Sal-Iari), fabricante de los coches Citroën, ubicada en el límite entre Luján y Mercedes. El cierre se había producido dos años antes.

Para entonces, el empleo ya era un problema palpable en la agenda pública: los que tenían trabajo seguro pero en condiciones cada vez más precarizadas, aquellos que contaban con uno pero rodeados de incertidumbre y un número creciente de desocupados que buscaba reinsertarse en el mercado laboral pero no lo conseguía.

Entre 1993 y 1994 se aceleró la crisis en Algodonera Flandria. El desplome de la textil fundada por Julio Steverlynck y de sus empresas satélites derivó en una crisis social inédita para Jáuregui. Muy lejos había quedado el modelo de pueblo-industria clave en el desarrollo de la localidad. Los telegramas llegaron en enero de 1995.

Todo se vino abajo y lo impensado ocurrió. A la pérdida de los puestos de trabajo le siguió una gran incertidumbre en cuanto al futuro de las instituciones que nacieron bajo el amparo de la empresa. El riesgo de remate estaba latente.

Avanzada la década, las cosas no mejoraron. La decadencia industrial persistió. Para 1996, Inafor acumulaba deudas con sus trabajadores. Y en Vandenfil se sucedían los conflictos laborales. Tres años después, ambas empresas continúan por la misma senda. “Empresas locales quebradas por la crisis. Inafor y Vandenfil son las más perjudicadas. Inafor tiene suspendido a todo el personal. En Vandenfil se llamó a concurso de acreedores”, informaba este medio en marzo de 1999. Ese mismo año, Zupay despidió a 22 trabajadores.  

El nuevo siglo arrancó con el cierre definitivo de una empresa emblemática de Luján. Helados Massera quebró, luego de acumular un pasivo de 50 millones de dólares y una deuda con los bancos de 30.

OTRAS MUESTRAS

Para mediados de los 90, el impacto negativo de la economía se evidenciaba también en la actividad comercial. En abril de 1995, EL CIVISMO describía de la siguiente manera la dinámica de la zona céntrica: “Varios comercios de nuestra ciudad cerraron sus puertas desde que comenzó este año, hace apenas escasos cuatro meses. La recesión, que descalabró las ventas en todo el país, ha llegado a afectar con idéntica intensidad a los pequeños y medianos comercios de nuestra ciudad. Las vidrieras pintadas de blanco o vacías, cuyo número se ha incrementado en los últimos meses, son un indicador elocuente de la situación planteada y a nadie escapa que el panorama aún puede empeorar. Caída generalizada de las ventas, la desaparición del crédito, alta presión tributaria, aumento de los costos fijos -servicios, alquileres, cargas sociales-, retraso en el cobro de cuotas”.

En 1998 se repitieron varios reclamos contra los peajes y el incremento de sus tarifas. En febrero, frente a las cabinas de la empresa concesionaria Nuevas Rutas, vecinos de distintas localidades (a excepción de Luján) realizaron una protesta masiva contra el excesivo costo. Y en septiembre, cerca de doscientos vehículos participaron de la caravana que arrancó en General Rodríguez y protestó por el aumento del peaje de Acceso Oeste y la falta de obras en la traza.

Las condiciones sociales no pararon de deteriorarse. Comedores comunitarios y otras instancias articuladas por la sociedad civil intentaron contrarrestar la crisis que empujaba las demandas más elementales. Apareció el trueque.