8 de diciembre: fiesta de la Inmaculada Concepción
Escribe: María Teresa Tartaglia de Silvano. Advocación de Nuestra Señora de Luján, patrona nacional.
La Purísima Concepción, en su advocación de María de Luján es parte de nuestra historia local, provincial y nacional. Llegó a nuestras tierras en 1630 desde Brasil, junto a la Imagen de la Virgen con el Niño que siguió a Sumampa (sur de Santiago del Estero). Esta Virgen tuvo su coronación pontificia el 21 de noviembre del año 2009 como Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa.
Pero la Inmaculada Concepción se quedó en la estancia de los Rosendos (Santa Rosa, Pilar) donde sus milagros y presencia no pasó desapercibida por los fieles que llegaban a ella. Se levantó un altar y luego una pequeña capilla, de construcción muy rústica y sencilla. Junto a ella se quedó el negro Manuel, "quien cuidaba de la lámpara de dicha Señora que incesantemente ardía". Monseñor Presas, que ha estudiado exhaustivamente esta historia, nos dice "que el negro Manuel fue el primero que fabricó las velas negras (...) por esos años de 1650, con la cera oblada a la Virgen y los cirios encendidos ante la Sagrada Imagen".
En 1663, el gobernador José Martínez de Salazar, "dio orden que todos los que fueran al norte transitaran el camino real o nuevo (actual ruta 7), y la Ermita de Rosendo, ubicada en el camino viejo, vio disminuida la cantidad de personas que pasaban por allí. Diego Rosendo, que era sacerdote, fue trasladado a varios lugares alejándose del oratorio y el lugar -tal vez por esa razón- "quedó casi despoblado" y a cargo del sucesor que era Juan Oramas (hermanastro y presbítero).
En 1671, dona Ana de Matos, pidió que se le concediera la Imagen, dama piadosa y acaudalada, la compra, como luego lo hará con el negro Manuel. En 1671 se realiza la primera peregrinación desde aquella Ermita a la estancia de Ana, en Luján, primer peregrinaje con la Santa Imagen a su nueva morada, primero en la casa de Ana de Matos, luego a la capilla llamada de Montalbo (calle San Martín cerca de 9 de Julio), al templo levantado por Don Juan de Lezica y Torrezuri, 8 de diciembre de 1763 (estudiado con minuciosidad por Jorge Cortabarría) donde está la Basílica, luego demolido y llevada la Virgen a su actual camarín.
El 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, siempre fue un día de júbilo para el pago y Villa de Luján; ceremonias religiosas, procesiones, llegada de romeros o peregrinos, iluminación de lugares públicos y del cabildo (desde el momento que éste estuvo levantado), fiestas populares en la plaza Real, luego Constitución y hoy Plaza Belgrano, corridas de toros, juegos, diversiones y oficios religiosos, entre los días 6, 7 y 8 de diciembre. Nada era extremado para rendir culto a María de Luján. El dogma de la Inmaculada Concepción había sido definido por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854. Inmaculada significa sin mancha de ningún pecado, ni siquiera el original.
Cuando es protagonista de esta historia el padre Salvaire, a través de su promesa escribirá la Historia de Nuestra Señora de Luján (1885) y construirá su gran templo: la Basílica, pero no la verá terminada. En 1886 el Papa León XIII, bendijo la corona para Nuestra Señora llevada por el Padre Salvaire y la coronación fue en 1887 (8 de Mayo), y éste le adosó la rayera y las doce estrellas.
En 1871 se había realizado la primera peregrinación general de los católicos al santuario de Luján para pedir y agradecer la cesación de la peste amarilla.
Desde aquellos momentos al presente, María de Luján sigue reuniendo fieles y peregrinos al Santuario. Es una Fiesta Nacional que nos compromete como lujanenses. Tal vez, como tenemos a María todos los días pasa desapercibida en nuestras vidas. Que esta fiesta y conmemoración sirva para reunirnos como argentinos, bonaerenses y lujanenses, sea un día en que pidamos armonía, unión, fraternidad, unidad para que nuestro país que está bajo su Manto encuentre paz y esperanza. Que Nuestra Señora de Luján, patrona de la Argentina, Madre del Buen Consejo y Suelo de la Sabiduría, nos ayude a salir de los males que aquejan a la Argentina.
Escribe: María Teresa Tartaglia de Silvano