"Al menos en esta parte del globo terráqueo que se conoce como occidente, la mediatización del conflicto antes mencionado es monocorde. Rusia es la encarnación del mal y su presidente el nuevo enemigo público del mundo libre. Se trata de un maniqueísmo mediático que contribuye a lógicas políticas en la búsqueda de generar sentidos uniformes sobre la realidad global".
Determinados eventos internacionales ratifican lo que ya en la década de los 80 se denunciaba en el denominado Informe MacBride respecto a un esquema dual de concentración y desigualdad sobre el funcionamiento de los medios de comunicación a escala global, algo que promueve representaciones uniformes con escasos matices.
Los relatos mayoritarios sobre la reciente guerra entre Rusia y Ucrania ratifican estos conceptos que, pese a su importancia en la creación de subjetividades sociales, suelen pasar desapercibidos para las grandes audiencias.
En primer lugar se ofrece un relato simplificado que prácticamente no reconoce antecedentes históricos, perspectivas geopolíticas o variantes económicos. El discurso de occidente se asemeja bastante a la típica trama hollywoodense que plantea, de manera nítida, a buenos y malos. Y en esa retórica el hecho se resume a una disputa entre el bien y el mal.
Queda claro que “ver” una guerra por televisión no implica comprenderla. Y más cuando se escamotean las voces diversas y se seleccionan escenas que solo pretenden influir en la sensibilidad del televidente. La inclusión de las redes sociales termina por complejizar todavía más las cosas, con una parva de imágenes falsas circulando en todas direcciones que los medios de comunicación tradicionales utilizan sin mayores mecanismos de chequeo y ayudan a su difusión en tanto confirmen los preconceptos que delimitan su línea editorial.
Al menos en esta parte del globo terráqueo que se conoce como occidente, la mediatización del conflicto antes mencionado es monocorde. Rusia es la encarnación del mal y su presidente el nuevo enemigo público del mundo libre, mientras se reviven algunos fantasmas de los tiempos comunistas que, sin embargo, nada tienen que ver con la realidad actual rusa. Se trata de un maniqueísmo mediático que contribuye a lógicas políticas en la búsqueda de generar sentidos uniformes sobre la realidad global.
Todo esto atenta contra el derecho a la información que exige calidad informativo en materia de diversidad y verificación de las informaciones. Es la diferencia clave entre conocer un hecho y comprenderlo. El esquema de medios internacionales poco contribuye a esto último, fundamentalmente porque no es ese el objetivo perseguido. Saben desde hace tiempo que las disputas por el sentido es también un campo de batalla, muchas veces más significativo que las formas tradicionales de disputa.