Las dificultades del sector textil exponen un debate más profundo: qué modelo productivo sostendrá el crecimiento del país y en qué condiciones puede competir la industria nacional.
La situación de la industria textil logró, finalmente, colarse en la agenda de la política nacional tras las advertencias de empresarios sobre una combinación de variables que empuja al sector hacia un colapso capaz de provocar la pérdida de miles de puestos de trabajo. En apenas dos años, según datos oficiales, ya se destruyeron 16.000 empleos.
A esas señales de alarma se sumaron las declaraciones del ministro de Economía, Nicolás Caputo —quien aseguró que jamás compró ropa en Argentina porque “es una estafa”— y del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, que en una entrevista desvinculó la apertura de importaciones del cierre de fábricas y la caída del empleo.
Resulta llamativo que, entre la catarata de banalidades y distracciones discursivas que el Gobierno suele utilizar para esquivar debates estructurales, aparezcan fisuras que permiten asomarse a un tema central: qué esquema productivo sostendrá el crecimiento y el desarrollo del país.
Se trata de una discusión imprescindible, sobre todo para amplios sectores económicos y para parte de la ciudadanía que aún mantiene una mirada ingenua sobre los alcances y las consecuencias de este modelo.
Históricamente, el sector textil ha sido uno de los más castigados por los vaivenes de las políticas aperturistas aplicadas por distintos gobiernos. A contramano de ciertos relatos simplificados, durante los últimos 35 años debió sobrevivir al vertiginoso péndulo argentino.
Cayó durante la década menemista —como gran parte de la matriz productiva nacional—, se recuperó con el kirchnerismo al calor de políticas proteccionistas, volvió a tambalear con el macrismo y hoy vuelve a agonizar ante un aperturismo extremo. Arrastra, en definitiva, casi dos décadas de crisis acumuladas y, además, debe soportar la provocación permanente de funcionarios que desprecian públicamente su propia producción.
Puede resultar utópico pedir moderación y matices en el debate público actual. Sin embargo, es necesario insistir. Si se pretende transformar y desarrollar uno de los sectores más dinámicos de la economía, con fuerte presencia de micropymes y miles de trabajadores —muchos de ellos en la informalidad—, es imprescindible escapar de las posturas extremas.
¿El sector debe competir? Sin dudas. Pero en condiciones razonablemente equilibradas. Nunca fue una política exitosa abrir indiscriminadamente la economía con el único objetivo de bajar precios. La combinación de un mercado interno en retracción, el aumento de tarifas y costos, y la desregulación de las importaciones, sostenida en el tiempo, conduce a un daño difícilmente reversible.
Cabe preguntarse, entonces, qué sectores de la economía argentina están realmente en condiciones de competir con la producción china o con grandes conglomerados globales. El propio Donald Trump reconoce esa imposibilidad para su país. Sin embargo, el gobierno argentino insiste en una tesis que buena parte del mundo ya puso en revisión.
En este clima de maniqueísmo creciente, las miradas polarizadas se profundizan y el oficialismo parece sentirse cómodo en ese terreno. Son tiempos de bravuconadas, de simplificaciones convertidas en frases efectistas, de estigmatizaciones y de sueños megalómanos que desplazan cualquier intento de discusión mesurada.
Mientras tanto, la Argentina continúa perdiendo soberanía —política, económica, financiera, productiva, ambiental y tecnológica— ante la mirada atónita y desconcertada, por ahora, de una minoría resignada.