Se calcula que 1,7 millones de personas habrían caído bajo la línea de pobreza durante el primer semestre de 2026. Al presidente Milei le quedan cada vez menos eslóganes en pie.
En apenas unas semanas se conocerán los datos oficiales sobre el alarmante crecimiento de la pobreza que varias consultoras privadas ya anticiparon y que muchos reconocen ante la crudeza de un modelo que no tiene en su hoja de ruta la cuestión social.
Se trata de un hecho que profundizará el proceso de horadación de una credibilidad oficial ya desgastada, particularmente cuando el relato gubernamental vuelve a enfrentarse con datos que certifican el deterioro de distintas variables vinculadas al consumo, los ingresos y la actividad económica. Algunas estimaciones privadas calculan que 1,7 millones de personas habrían caído bajo la línea de pobreza durante el primer semestre de 2026. El dato oficial del INDEC se conocerá el próximo 24 de septiembre.
Serán pocos los que interpreten ese eventual aumento como una sorpresa o como una consecuencia inesperada de un modelo económico que, a largo plazo, resolverá este tipo de turbulencias, más allá del propio gobierno nacional y sus fanatizados defensores.
Si se mira en perspectiva, la seguidilla de malas noticias comenzó hace tiempo y se vincula con la fragilidad de una narrativa construida sobre incontables falacias, manipulaciones y un gran sentido del oportunismo político para saber interpretar cada momento histórico. La realidad, que durante tanto tiempo fue presentada como una construcción de los demás, resulta difícil de disimular.
Como destacados alumnos de aquella premisa que se aferra al “miente, miente, que algo quedará”, la capacidad de respuesta del Gobierno se deteriora a medida que se acercan los tiempos de definiciones electorales y el bolsillo del votante exige resultados.
Lo mismo está sucediendo con los alimentos y el sostenido ritmo inflacionario que, aun con la desaceleración respecto de los niveles registrados durante la crisis inicial, continúa golpeando sobre los ingresos en constante deterioro. El axioma teórico de abrir importaciones y generar más competencia generó más daño en el tejido productivo que beneficios en los consumidores.
Otra gran estafa discursiva fue la necesidad de aplicar una reforma laboral para bajar los costos de los empresarios y estimular el empleo. Se trata de una propuesta tan vieja como ineficaz, que el neoliberalismo y los grandes jugadores del capital recuperan cada tanto para engordar su rentabilidad. El resultado fue más despidos y más informalidad.
Al presidente Javier Milei le quedan cada vez menos eslóganes en pie. Deberá apelar a la creatividad de sus asesores para actualizar sus promesas sin caer en el peligro de ser interpretado como un necio frente a una realidad que resulta cada vez más indisimulable: el ajuste finalmente era para la gente.
Quizá la apelación intempestiva a la defensa de la soberanía, apenas dos semanas después de intentar en el Congreso abrirle la puerta a una descarada extranjerización de la tierra y sus recursos, haya sido una muestra simultánea de debilidad y lucidez por parte del propio Gobierno. La pregunta es si quedan muchos “Malvinas” disponibles para atraer al rival, cambiar el eje de la discusión y desmarcarse de las malas noticias económicas.
El mercado ya no lo puede todo. Resulta notable cómo algunos obtusos continúan repitiendo frases vacías sin advertir que ni siquiera los propios funcionarios parecen sostenerlas con la misma convicción. Volvieron los créditos financiados con recursos de la ANSES —ahora virtuosos—, la intervención cambiaria pasó a ser necesaria y la inflación dejó de ser presentada como un problema “exclusivamente monetario”.
Y quedó desmontada también otra de las grandes “verdades reveladas”: ahora hay plata y será destinada a retomar el abandonado proyecto de una base naval en Ushuaia. La obra pública se volvió selectiva.