Julián de Leiva: un lujanense en los sucesos de 1810
Segunda parte
Leiva fue elegido síndico procurador del Cabildo de Buenos Aires para el año 1810 (alcalde de primer voto fue elegido don Juan José de Lezica y Alquiza, hijo de Lezica y Torrezuri). Leiva renunció a su cargo, pero fue obligado a desempeñarlo. Cinco criollos y cinco españoles integraban el cuerpo capitular.
El 19 de mayo, al día siguiente de publicarse el bando de Cisneros anoticiando al pueblo de la toma de toda la península ibérica por Napoleón (documento en que el historiador Juan Canter veía la mano de Leiva), los patriotas le encargaron al doctor Juan José Castelli que se presentase ante el síndico Leiva, y a Belgrano y a Saavedra los enviaron ante el alcalde Lezica, para exigir la dimisión del Virrey y la formación de un Gobierno según la voluntad popular. De no accederse a esto, advirtieron los patriotas, ellos formarían el Gobierno por la fuerza con los consiguientes riesgos.
Conforme informaron Cisneros y los jueces de la Audiencia al poco tiempo, el 20 Lezica le transmitió a Cisneros esta exigencia y le añadió, con el síndico, que juzgaba conveniente que, para evitar una catástrofe social, se permitiese celebrar un Congreso General o Cabildo Abierto para tranquilizar a los inquietos. Por consiguiente, observó el historiador Roberto H. Marfany en su libro “El Cabildo de Mayo”, el Cabildo Abierto no fue una exigencia de los revolucionarios sino una maniobra de los contrarrevolucionarios para tratar de evitar la remoción del Virrey.
Martín Rodríguez testimonió que en la noche del 20 de mayo, él, Saavedra, Castelli, Juan José Paso y Balcarce fueron a la casa del doctor Leiva, “que era el primero de los abogados y asesor de casi todos los virreyes”, el cual se mostró entonces a favor de los patriotas pero que al día siguiente Leiva habló en su casa con el virrey Cisneros y varió su orientación. Agregó que Leiva les dijo que habían hecho muy mal en no tener preso al Virrey en el Fuerte.
Cuenta Vicente Fidel López, en su “Historia de la República Argentina”, que Leiva, en la reunión que tuvo por esos días con Juan José Lezica, Cisneros, el fiscal Villota y el capitán de fragata Juan Vargas, ante la negativa de Cisneros de permitir un Cabildo Abierto, increpó a éste y lo convenció a los patriotas de formar un gobierno colegiado y mixto presidido por Cisneros. Ricardo Levene desestimó este relato.
En la sesión capitular del 21 de mayo, mientras Leiva relataba su encuentro con Cisneros, en que le propuso convocar a un Cabildo Abierto para que el pueblo se expresase en él y tomase una resolución, se oyeron gritos provenientes de la plaza adyacente, de personas preocupadas por saber qué había contestado Cisneros. Salió Leiva al balcón a tranquilizar a la gente reunida diciéndole que el Virrey aceptó la convocatoria a un Cabildo Abierto. El público preguntó si el Virrey había renunciado y Leiva contestó que Cisneros haría lo que se resolviera en esa próxima asamblea y que confiaran en que el Cabildo velaría por el pueblo y arreglaría todo, y les pidió que volvieran a sus casas porque no había más novedad y les aseguró que todo corría por mano del Cabildo. Leiva volvió al interior de la Casa Capitular y el público se dispersó vitoreando al ayuntamiento, apuntó Juan Manuel Beruti, testigo de los hechos.
A juicio de Vicente Fidel López, no es concebible que “un hombre astuto” como Leiva, “amigo íntimo” de Cisneros y de Saavedra, accediera a un Cabildo Abierto sin un acuerdo previo que garantizara el orden establecido.
Al memorable Congreso General asistieron sólo 250 de los 450 invitados.
Bernabé de la Colina (sacerdote secular y cuñado de Leiva) propuso en dicha asamblea formar una Junta presidida por Cisneros, de 54 años, e integrada por un comerciante, un jefe militar, un eclesiástico y un letrado.
Otro de los presentes, Hermenegildo de Aguirre, propuso que el Virreinato quedase provisoriamente en manos del Cabildo asesorado en lo político por los doctores Leiva, Castelli, Paso y Moreno, y en lo militar por Saavedra. Martín Rodríguez propuso lo mismo que Saavedra (remoción del Virrey y que el Cabildo forme una Junta en su lugar pero con voto del síndico procurador (con poder decisivo en caso de discordia), a lo que adhirió Mariano Moreno.
Finalizado el Cabildo Abierto y luego de consultar a los comandantes, Leiva propuso la lista de cinco miembros de la Junta Superior de Gobierno, presidida por Cisneros e integrada como había propuesto su cuñado.
El 24, el escribano del Cabildo leyó el acta de ese día constituyendo la Junta de Gobierno del Virreinato, presidida por Cisneros. Entonces Saavedra pidió que Leiva ocupara su lugar, a fin de que no quedara duda alguna de que no actuó para obtener dicho puesto.
Mientras que Levene opinaba que Leiva engañó antes, entonces y después a los patriotas que confiaron en él, siendo Saavedra el único que tuvo reservas y por eso en la Asamblea del 22 no propuso que el síndico del Cabildo tuviera voto decisivo (Levene no señaló en sus obras que Saavedra ofreció su lugar en la Junta del 24 a Leiva), José María Rosa pensaba que a Leiva le parecía que separar al Virrey absolutamente sería un acto revolucionario, aceptable en Buenos Aires, pero no en el interior: seguramente Montevideo, más por la decisión de sus vecinos que por la de su tímido gobernador, lo rechazaría; y sin duda lo harían los gobernadores del Paraguay, Córdoba, Charcas y Potosí, así como el virrey del Perú, que a través del brigadier Goyeneche ocupaba La Paz desde los acontecimientos de un año atrás.
Refirió en 1826 un “Autor Anónimo”, en el diario “La Gaceta Mercantil”, en el marco de la polémica citada sobre los autores de la Revolución, que el mentor de la presidencia de Cisneros en la Junta del 24 fue Leiva tras consultar a Castelli y a Belgrano.
Según Tomás Guido, uno de los jóvenes revolucionarios, en el último minuto de esa jornada algunos de los concurrentes a la casa de Nicolás Rodríguez Peña fueron a la casa de Leiva a golpear la ventana de su habitación para plantearle sus quejas contra la presencia de Cisneros. Leiva abrió la ventana y escuchó que le pedían que convocara nuevamente al pueblo para suprimir la Junta. “La prudencia y circunspección del Dr. Leiva –dice Guido– no podrían reconciliarse llanamente con la iniciativa a otro llamamiento del pueblo para destruir lo que pocas horas antes se había sancionado con su beneplácito. Luchaban en él notoriamente su sentimiento patriótico y la responsabilidad de sus deberes oficiales. Negóse a la solicitud. Vencido empero por reflexiones calurosas, ofreció en fin que invitaría al Cabildo a convocar al pueblo una vez más”.
El 25, a las 9.30, llegaron al Cabildo, convocados por los capitulares, los comandantes de las tropas. Leiva les expuso la situación y el peligro de anular lo resuelto y les recordó el compromiso que ellos habían formulado antes de formarse la Junta presidida por Cisneros de que la apoyarían. Acabó preguntándoles a los jefes si se podría contar con sus tropas para sostener a la autoridad. Contestaron casi todos los jefes que había descontento general en “el pueblo” y en la tropa por la presidencia del teniente general Cisneros. Mientras se desarrollaba esta reunión, grupos de exaltados entraron en la Casa Capitular, colmaron sus corredores y golpearon la puerta de la sala capitular diciendo que querían “saber lo que se trataba”. Martín Rodríguez, de Patricios, salió a apaciguarlos.
Un grupo de civiles, eclesiásticos y militares presentó en el Cabildo una queja escrita, en nombre del pueblo, por la composición de la Junta. Los cabildantes respondieron que llamaran al pueblo a la plaza, porque “el Cabildo –dice el acta respectiva–, para asegurar la resolución, debía oír del mismo pueblo si ratificaba el contenido de aquel escrito. Ofrecieron ejecutarlo así, y se retiraron. Al cabo de un gran rato salió el Excmo. Cabildo al balcón principal, y el caballero Síndico Procurador general, viendo congregado un corto número de gente con respecto al que se esperaba, inquirió que ¿dónde estaba el pueblo? Y después de varias contestaciones dadas por los que allí se habían apersonado, y reconvenciones hechas por el caballero Síndico, se oyeron entre aquellas las voces de que, si hasta entonces se había procedido con prudencia porque la ciudad no experimentase desastres, sería ya preciso echar mano de los medios de violencia: que las gentes, por ser hora inoportuna, se habían retirado a sus casas; que se tocase la campana de Cabildo, y que el pueblo se congregase en aquel lugar para satisfacción del Ayuntamiento; y que si por falta del badajo no se hacía uso de la campana, mandarían ellos tocar generala, y que se abriesen los cuarteles, en cuyo caso sufriría la ciudad lo que hasta entonces se había procurado evitar”.
Entonces los cabildantes aceptaron que Cisneros no podía continuar en la Junta y en consecuencia resolvieron pedirle que dimitiese. En la noche de ese día, renunciaron todos los miembros de la Junta.
En esas circunstancias se formó la “Junta Provisional Gubernativa de la Capital del Río de la Plata”, presidida por Saavedra, de 50 años de edad.
Esa tarde, Leiva intentó su última jugada: redactó velozmente un reglamento que subordinaría la Junta al Cabildo. Pero cuando los miembros de la Junta definitiva prestaron juramento, se apuraron a declarar que no reconocían dicho reglamento.
El 1º de junio, Leiva propuso en el Ayuntamiento que se sugiriese a la Junta que la presidencia fuese rotativa entre los vocales, para fortalecer su mando y atraer a las provincias (los cabildantes ansiaban la presencia de los diputados porque disminuirían el poder de la Junta y por eso a los pocos días enviaron una circular a los demás Cabildos instándolos a que enviaran sus representantes). Asimismo propuso que si en seis meses no compareciesen los diputados del interior, se nombrase una nueva Junta. A los pocos días, Leiva informó al Cabildo que con motivo de sus propuestas lo visitaron en su casa Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti y Mariano Moreno, quienes le expresaron que a la Junta le extrañó la iniciativa del Ayuntamiento porque había cesado su autoridad sobre ella al cumplirse la misión que le encomendó el pueblo. Leiva les contestó que el cuerpo capitular no había querido cobrar autoridad sobre la Junta y que así lo mostró al formar rápidamente las dos Juntas, y que solamente quiso expresar la conveniencia de tales innovaciones. Fue un postrer intento de disminuir la fuerza de la Junta (Enrique de Gandía, “Historia del 25 de Mayo”, Buenos Aires, 1960, p. 226).
Escribe: Jorge J. Cortabarría