El fusilamiento de Liniers y su eco en Luján
“No se puede pensar el futuro sin el arraigo en el mundo histórico al que pertenecemos". Alberto Methol Ferré
Escribe: Jorge Juan Cortabarría
Hace 200 años, el 26 de agosto de 1810, el proceso emancipador rioplatense se cobró sus primeras cinco víctimas mortales, las cuales eran nada menos que el ex virrey y máximo héroe de la Reconquista de Buenos Aires don Santiago de Liniers, el brigadier Juan Gutiérrez de la Concha (gobernador intendente de Córdoba del Tucumán), el coronel Santiago Alejo de Allende (jefe militar de dicha jurisdicción), el doctor Victorino Rodríguez (catedrático y asesor letrado) y Joaquín Moreno (tesorero de la Real Hacienda).
La ejecución, vía fusilamiento, de esos conspicuos hombres fue a las dos y media de la tarde, en el Monte de los Papagayos, cerca de la actual Los Surgentes, en el sur cordobés.
Liniers fue el único que rechazó que le vendaran sus ojos. Fue el teniente coronel Juan Ramón Balcarce quien comandó el pelotón de fusilamiento. Liniers cayó aún con vida, por lo cual el teniente coronel Domingo French, aquel que repartiera cintas en la semana de mayo y encabezara a los jóvenes “chisperos” porteños de esos días, le disparó dos pistoletazos en la sien.
De esa manera trágica, impensable unos meses atrás, se apagaba la vida de Santiago de Liniers, nacido en el seno de una familia de la pequeña nobleza francesa el 25 de julio de 1753 como Jacques Antoine Marie de Liniers et Bremond. Comenzó su carrera militar como subteniente de caballería, fue ayudante de campo del príncipe de Rohan, hasta que la unión de las dos Casas de Borbón, la francesa y la española, llamada Pacto de Familia, permitía que los franceses pudieran participar con igualdad de derechos y obligaciones con los españoles en las empresas militares de ambas potencias. Fue así que desde 1775, a los 22 años de edad, pasó a revistar por el resto de sus días bajo pabellón español.
Tras egresar de la Real Compañía de Caballeros Guardias Marinas, con los despachos de alférez de fragata el 3 de marzo de 1776, el destino lo llevó hasta el Río de la Plata, donde sirvió con el grado de capitán de navío en 1788, comandante general del Apostadero de Montevideo en 1796, Gobernador de las Misiones en 1802, Jefe de Escuadra en 1807 y héroe de la gloriosa Reconquista y Defensa de Buenos Aires durante los intentos de colonización británica en 1806 y 1807. Merced a su protagonismo en la lucha contra los invasores británicos, Carlos IV lo nombró virrey del Río de la Plata, cargo que desempeñó hasta julio de 1809, en que fue sustituido por el teniente general de Marina Baltasar Hidalgo de Cisneros, el último virrey rioplatense.
Liniers recibió cartas de Saavedra y de Belgrano en las cuales le aseguraban que la flamante Junta era fiel a Fernando VII. Saavedra incluso lo instó a que se quedara en Alta Gracia, sin mezclarse en manejos políticos.
Pero Liniers no les creyó y se sumó al grupo que decidió resistir a la Junta de Buenos Aires.
El 14 de julio de 1810, le escribió a su suegro, don Martín de Sarratea, quien desde Buenos Aires, lo instaba a dejar su actitud antirrevolucionaria: “...no puedo ponderarle a Vuestra Merced el sentimiento que me ha causado el verle alucinado por los falsos principios de unos hombres que olvidando los principios más sagrados del Honor, de la Religión y de la Lealtad se han levantado contra el Trono, contra la Justicia y contra los Altares”.
Luego le expresó sus firmes convicciones, basadas en el honor, la fidelidad al monarca y su buen nombre, para fundamentar su inconmovible decisión de resistir a las nuevas autoridades, que rechazaban al Consejo de Regencia que había reemplazado a la disuelta Junta Central de Sevilla. “¿Cómo siendo yo general, un oficial quien en treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al Soberano, quisiera Usted que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignominia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey; que por esta infidencia dejase a mis hijos un nombre, hasta el presente intachable, con nota de traidor? ”
En cuanto a la suerte que correrían sus hijos menores, Liniers confiaba en que Dios los protegería del eventual desamparo: “Por último, Señor, el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fuese capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad, y del patriotismo, y que si no les deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar”.
Finalmente, le pidió a su suegro que difundiese su pensamiento respecto al nuevo régimen político rioplatense y su firme propósito de no cejar en combatirlo.
Los contrarrevolucionarios de Córdoba llegaron a reunir 1500 hombres. Pero cuando el 21 de julio llegó a la jurisdicción de Córdoba la expedición porteña de Francisco Ortiz de Ocampo (unos 500 efectivos), sus soldados desertaron en masa. El 31 de julio sus jefes tuvieron que huir hacia el norte.
El 28 de julio la Junta dispuso fusilar a los cabecillas de la reacción; sólo Manuel Alberti, por ser sacerdote, se abstuvo de firmar la orden, la cual invoca “los sagrados derechos del Rey y de la Patria” y aclara que “este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema”.
El 6 de agosto el ayudante de campo José María Urien capturó a Liniers en la estancia de Piedritas (cerca de Chañar). Al día siguiente, a 8 leguas de donde se halló a Liniers, fue capturado el obispo de Córdoba, Rodrigo de Orellana. Ambos fueron duramente maltratados por los soldados.
Ante la masiva reacción negativa de la población cordobesa, Ortiz de Ocampo, que había sido compañero de armas de Liniers durante las Invasiones Inglesas, no los ejecutó. El Cabildo de Córdoba, ahora dominado por los juntistas, decidió entonces enviar a los presos a Buenos Aires. Los miembros de la Junta se sorprendieron, ya que eso era mandarlo a la ciudad que lo tenía por un héroe y podía suponer un gran peligro. Juan José Castelli, vocal de la Junta, partió a su encuentro (con Nicolás Rodríguez Peña y el coronel Domingo French) llevando la orden terminante de fusilarlos sin juicio previo. Antonio González Balcarce reemplazó a Ortiz de Ocampo.
La ejecución de tan ilustres cautivos conmovió a la población del Virreinato del Río de la Plata.
¿Cómo repercutió ese primer crimen político de la era de la emancipación rioplatense en la Villa de Luján? Gracias al padre Jorge María Salvaire, tenemos alguna noticia al respecto, pues él le pidió a una de las más antiguas vecinas de la Villa, la octogenaria doña Micaela Gerónima Senra, hija del segundo médico que tuvo la jurisdicción, que relatara sus recuerdos de infancia para que le sirvieran para elaborar su erudita “Historia de Ntra. Sra. de Luján”. Doña Micaela, en 1882, declaró: “Tenía diez años cuando fusilaron al Señor Virrey Don Santiago de Liniers. Aquí en Luján doblaron las campanas mucho tiempo cuando supieron que lo habían muerto, aquí lo querían mucho al Señor Liniers, y me parece que aún estoy viendo cómo toda la gente lo estaba llorando cuando supieron que lo habían fusilado”.
Según el historiador francoargentino Paul Groussac, el fusilamiento evocado marcó el comienzo del fin del prestigio de Mariano Moreno e inició un camino que habrían de recorrer los mismos integrantes de la Junta, perseguidos unos por otros y continuó durante décadas.
Acabó Groussac su biografía de Liniers escribiendo, en 1907: “las primeras víctimas de la patria nueva eran los últimos héroes de la patria vieja; y en la mezcla de verdades y errores por los cuales murieron y otros mataron, no descubre la historia un solo elemento egoísta e impuro, sino el móvil idéntico del patriotismo, cuyos choques sangrientos han sido y serán aún por muchos siglos la condición generadora y el rescate de la civilización.”