Hace 112 años moría un recordado cura que tuvo Luján

Viernes//Fue el impulsor de la construcción de la Basílica Nacional, fundó el Hospital, el Círculo Católico Obrero y hasta la revista La Perla de Luján. Una calle adyacente al gran Santuario lleva en honor su nombre.

El 4 de febrero de 1899 moría, a los 51 años, el cura Jorge María Salvaire, virtuoso y erudito sacerdote de la Congregación de la Misión. Ejerció la enseñanza con vocación de maestro en el Colegio de San Luis de Buenos Aires, en la escuela de Azul y en el entonces Colegio Seminario de Luján.
Misionero abnegado, recorrió la provincia de Buenos Aires para predicar el Evangelio a los indios, afrontando innumerables peligros y exponiendo su vida que estuvo a punto de ser ultimada en Carhué por la tribu del cacique Namuncurá. El afán de propagar la luz de la verdad, lo llevó a los extremos más apartados de nuestro país y a diversas regiones del Uruguay.
Salvaire había nacido el 6 de enero de 1847 en Castres, sur de Francia, en el seno de una acomodada y distinguida familia. La historia oficial destaca que este sacerdote lazarista de origen francés, predicaba el Evangelio a las tribus del desierto cuando, reducido a prisión por los indios, fue condenado a morir. Su invocación a la Virgen de Luján le salvó milagrosamente la vida y en prueba de su agradecimiento hoy se yergue la gran Basílica en plena llanura pampeana.
Ingresó en la Congregación de la Misión y se ordenó sacerdote en París en 1871. Poco después, sus superiores lo enviaron a la lejana tierra Argentina. Aquel había sido un año difícil para nuestro país, especialmente para su capital, azotada por la epidemia de fiebre amarilla, razón por la cual, una vez superada, se organizó el 3 de diciembre, la primera peregrinación general al santuario de Luján, en señal de agradecimiento. Peregrinación a la que el joven sacerdote se incorporó, entusiasmado por conocer uno de los lugares marianos más importantes de América.
Al año siguiente, el Arzobispo de Buenos Aires, monseñor Federico Aneiros, entregó a los Padres Lazaristas (congregación misionera a la que pertenecía nuestro personaje), la custodia del santuario y parroquia de Luján y hacia allí partió Salvaire, como vicario del P. Eusebio Fréret, su párroco.
En 1873 el joven sacerdote fue enviado a predicar el Evangelio a los indios salvajes, internándose en la pampa, en dirección a los toldos de Namuncurá, donde ya había aborígenes que tenían devoción por la Virgen gaucha.
Bien recibido al principio, recorrió las principales tolderías del país de las Salinas Grandes, entre ellas Guaminí, Cochicó, Puán, Trenque Lauquen y el baluarte de Caruhé.
Pero ocurrió que estalló la peste de viruela y convencidos los indios de que era el Salvaire quien había traído el virus, lo condenaron a morir lanceado a fines de 1875. Fue así que maniatado y maltratado le prometió a la Virgen levantarle una iglesia si salía con vida.
Cuando creía estar a punto de ser ejecutado, apareció Bernardo, el hermano del cacique Namuncurá, y echó su poncho sobre el Padre, en señal de protección. Ese indio había reconocido a Salvaire y le concedió la libertad. Sus plegarias habían sido escuchadas.
En enero de 1876 regresó a Luján, pero cinco años después, cumpliendo su promesa de propagar el culto a Nuestra Señora, volvió al desierto, recorriendo sus toldos y convirtiendo a infieles.
En 1886 viajó a Roma para solicitar al Papa León XIII la coronación pontificia de la imagen. Llevaba consigo oro y joyas con las que hizo confeccionar la corona en París y, muñido de ella, se presentó al Santo Padre que en persona la bendijo con profundo amor. Con ella regresó a Buenos Aires y el 8 de mayo de 1887, el arzobispo Aneiros, en nombre de Su Santidad, llevó a cabo la coronación, en una emotiva ceremonia que reunió a más de 40.000 fieles. En cumplimiento de su promesa Salvaire colocó la piedra fundamental de la gran Basílica el 15 de mayo de 1887, dando inicio a lo que había sido su segunda promesa.
A partir de 1889, ya designado párroco de Nuestra Señora de Luján, dio un impulso inusitado a las obras, pese a las oposiciones que debió enfrentar como si se tratara de una locura. Contó para ello con la protección del Arzobispo.
Para entonces, el padre Salvaire había mandado recubrir la sagrada imagen de Nuestra Señora con una coraza de plata, permitiendo que antes se le sacaran moldes para su reproducción, y en 1887 la colocó sobre una base de bronce a la que adosó una rayera gótica con la inscripción: "Es la Virgen de Luján la primera Fundadora de esta Villa".
El 6 de mayo de 1890, fueron bendecidos los cimientos de la iglesia que, edificada en estilo gótico, tuvo un ancho de crucero de 68,50 m., por 104 metros de longitud; un ancho de frente de 42 m. y una altura en las dos torres mayores de 106 m.
Sus restos fueron depositados en el crucero derecho de la gran Basílica, a los pies de la imagen de la Medalla Milagrosa, donde yacen hasta el día de hoy. El legado fue inconmensurable para la grey católica y para Luján. Sus palabras finales: "Creo en Dios, amo a mi Dios y espero en ti, Madre mía de Luján", son evidente prueba de que su fortaleza espiritual e impulso creador provinieron siempre del Señor y de su Santa Madre.
Escritor e historiador insigne nos dejó, además de otros estudios, en dos grandes volúmenes "La Historia de Nuestra Señora de Luján y de su Villa".
Fue el iniciador de la fundación del Hospital Municipal "Nuestra Señora de Luján", del Descanso de Peregrinos, y del Colegio de Nuestra Señora de Luján donde actualmente se encuentra "La Casita de Salvaire", donde pasó sus días este recordado sacerdote.
A Salvaire también se le debe la obra del Círculo de Obreros Católicos, la creación de diversas asociaciones parroquiales y la emisión de la revista La Perla del Plata, como también el fomento de las grandes peregrinaciones al Santuario. Una calle adyacente a la Basílica lleva en honor su nombre.