La figura de San Martín como modelo de prócer en la historia argentina

Escribe: Sebastián Miglioranza (historiador, UBA-UM. Miembro de la Junta Municipal de Estudios Históricos y ex director de Cultura y Turismo del Municipio de Luján).

El libro La historia de San Martín y la emancipación sudamericana, escrito por Bartolomé Mitre entre 1887 y 1890, es una de las más grandes obras historiográficas del siglo XIX, la cual ha quedado instalada como el inicio de una nueva forma de “hacer y escribir” la historia bajo preceptos de la escuela positivista.
Las regiones que habían integrado el territorio del Virreinato del Río de la Plata, vivieron desde 1810 en adelante, décadas de guerras civiles, enfrentamientos interprovinciales y luchas por intentar ejercer distintas hegemonías de poder. En la visión de hombres como Mitre (podemos pensar también en Sarmiento, Alberdi, López y demás integrantes de la Generación del 37), el territorio era visto como un gran “desierto” de ideas. La dicotomía del siglo XIX entre mundo civilizado y mundo bárbaro, se cruza en estas tierras en el momento inicial de construcción de una nación moderna.
Las figuras de Belgrano y San Martín fueron utilizadas como importantes y necesarios motores ideológicos de la nueva nación sudamericana cincuenta años después del proceso emancipador. San Martín fue canonizado como el “Libertador de la Patria”, el “gran soldado”, el “modelo a seguir”, “el guardián de las ideas de Mayo” y su más fiel defensor en las guerras de la independencia. Se convirtió en el militar que logró atraer al Mitre historiador como ejemplo de un hombre universal en cuya vida y acciones, deben reflejarse los políticos y la sociedad toda de la joven República Argentina. El interés de Mitre por convertir a San Martín en el primus inter pares, es claro y evidente; reflejando  profundidad y erudición en su obra.
El nuevo proyecto de nación (altamente debatido a partir de la caída de Rosas en 1852 entre los intelectuales) tenía claro aquello que no formaría parte de la nueva identidad nacional: el mundo hispánico, el indio, el gaucho, la religión católica… La herencia colonial era parte de un pasado al cual había que enterrar para dar lugar a la génesis de una nueva nación laica, donde la nacionalidad incipiente debía ser buscada ya no en la fe cristiana o en la lealtad a la figura de un monarca; sino en elementos aglutinantes que sirvieran para reconocer en ellos un verdadero mito sobre los orígenes de nuestra patria. San Martín y su obra, fue el modelo perfecto.  
San Martín quedó en la posteridad y es reconocido por generaciones en todo el país. Fue interés inicial de Mitre que su obra sea inmortal y exceda al personaje de carne y hueso. Un doble objetivo cumplido: ubicar al Libertador como figura destacada dentro del panteón de héroes de la Historia Argentina y un ejemplo historiográfico de cómo debe ser forjado un procerato nacional.
Con la repatriación de sus restos a fines del siglo XIX, San Martín se convirtió en la mayor figura de la historia argentina. Durante el Centenario, donde se reafirmó su figura como “padre fundador de la patria”, para completarse en la década del ´30 en una imagen de “militar deslumbrante”, ya que fue el Ejército la institución encargada de su honra constante. Se estableció el 17 de agosto como fecha de recordación y se creó el Instituto Nacional Sanmartiniano. En ese contexto apareció una monumental biografía, escrita por José Pacífico Otero. Paralelamente, la Iglesia Católica que había perdido participación en distintos espacios de poder, se muestra ávida por demostrar su presencia en todos los actos fundacionales de la patria. Para ello, modeló la figura de un San Martín “católico”, sin reconocer sus actitudes anticlericales y su supuesta participación en la masonería.
De ser un personaje atrapante para el trabajo biográfico de historiadores, pasó a ser a principios del siglo XX un ejemplo hagiográfico en la pluma de Ricardo Rojas con El Santo de la Espada, como lo expresara el historiador Tulio Halperín Donghi en La imagen argentina de Bolívar, de Funes a Mitre (El Espejo de la Historia. Problemas argentinos y perspectivas latinoamericanas, Edit. Sudamericana, 1998).
Con la fundación de la Academia Nacional de la Historia y de su nueva obra Historia de la Nación Argentina, terminó de definirse la importancia de San Martín, diferenciado del resto de “próceres menores”. Incluso el revisionismo histórico, corriente que conjugó las más fuertes críticas hacia esa historia “oficial”, adoptó una postura de exaltación sobre San Martín. En 1950, “Año del Libertador General San Martín” dispuesto por el Poder Ejecutivo Nacional, su apoteosis acompañó al enaltecimiento de Perón como nuevo líder político, en la necesidad de unir banderas para reconciliar las enormes divergencias políticas y sociales que continuaban existiendo en la Argentina de mediados del siglo XX.
El bronce de su estatua no fue opacado, ni por las izquierdas ni las derechas, tampoco lo fue por los gobiernos democráticos y los gobiernos dictatoriales. Incluso, estos últimos fueron los que apelaron al “destino de grandeza” preparado para una Argentina necesitada de guerras externas, donde la conducción del gran militar guiaría el camino como un faro entre tanta oscuridad provocada por esos irracionales de turno que tanto mal le hicieron al país.
La figura de San Martín sigue generando en nuestros días una vasta producción historiográfica, tanto en el mundo académico como en los espacios de la divulgación. Tal vez el libro San Martín. De soldado del rey a héroe de la nación, escrito por la historiadora Beatriz Bragoni y editado en el año 2010, sea la mejor y más reciente aproximación para aquellos que deseen comprender distintos aspectos de la vida y el contexto que viviera el prócer.
El objetivo de Mitre, más de cien años después, se encuentra cumplido e incluso ampliado. A los dotes de gran estratega que le reconociera el historiador en su voluminosa biografía, se suman los rasgos positivos como posible estadista y hombre político que pudo haber tenido San Martín. Rasgos que fueron cuestionados con discreción por el mismo Mitre en su obra, como parte de sus humanas limitaciones.