Dueño de una memoria prodigiosa, lleva más de doce años escribiendo la historia de su pago chico. “No ofendo ni critico a nadie, solo quiero que la gente sepa qué había en Torres”, señaló.
Elhi Héctor Martínez nació en 1929 y tiene una memoria prodigiosa. Como aquel célebre personaje de Borges, recuerda todo (o casi todo) sobre el lugar que lo vio nacer y donde aún vive a sus 87 años: la localidad de Torres. Hace poco más de una década, luego de sufrir el duro golpe que supuso el fallecimiento de quien fuera su compañera durante más de medio siglo, Martínez decidió volcar en papel algunos de esos nombres e imágenes que lo asaltaban por las noches. Acaso no sabía que a partir de ese ejercicio inexcusable y liberador empezaba también a escribir la historia de su pueblo.
-¿Cómo empezó todo?
-Cuando murió mi señora yo andaba mal. Me levantaba a la madrugada, me acordaba de algo, me iba a la cocina con un mate y un cigarrillo y me ponía a anotar cosas. Así empecé a escribir mis recuerdos y de a poco me fui entusiasmando. Igual siempre aclaro que no soy un estudioso de esto, solo soy un mediocre aficionado. Pero tengo recuerdos de cuando tenía 5 años y me puse a escribirlos a pesar de que no hice más que hasta cuarto grado. Dios me dio la suerte de poder acordarme de muchas cosas.
-¿Qué recuerda del Torres de aquel tiempo?
-A Torres lo conozco como la palma de mi mano. He pisado esta tierra por muchos años. En esa época Torres no era nada: era tierra, barro y agua. Había algunas lagunas que se formaban al no haber desagües y después de las lluvias, para ir a trabajar a la Colonia, la gente iba agarrándose de los alambrados.
(Martínez muestra una foto en la que se ve a un niño de pie, con las manos juntas en señal de oración, detrás de una vieja pared de ladrillo a la vista). Está sacada en la iglesia vieja de Torres cuando yo tenía 9 años. Estoy tomando la Comunión. A mí me enseñó el catecismo una chica que se llamaba Tela Bava y el padre Criado Alonso, un gran hombre. Hubo un obispo de Mercedes que se puso a investigar y decía que no había nada escrito sobre el padre Criado, una persona de familia rica pero que vivía austeramente: apenas tenía un catre de madera en su habitación. Él formó una Comisión pro Templo, integrada por mujeres de cierta categoría, y construyeron la iglesia de San José.
Actualmente, la calle Padre Criado es una de las principales arterias del pueblo y donde se ubican muchas de las antiguas casonas que Martínez quiso rescatar en el libro Recuerdos de mi pueblo, realizado con el aporte de Marianela Derisio. La publicación incluye fotos y epígrafes que indican a quienes pertenecían las viviendas. Allí están muchas de las familias históricas del pueblo y otras que ya son parte de su historia: la antigua Escuela N°3, la iglesia vieja (con las ventanas de la habitación del Padre Criado Alonso), y las casas de los Fusco, Bacigalupi, Culaciati, Casset (el primero que dio cine en Torres), Maggio, Tartaglia, Abraham, Lara, Ponce de León y Litardo, entre otros. Cuando empecé con el tema de las casas la gente me decía vos estás loco, si acá en Torres más de dos o tres casas viejas no hay. Pero yo saqué 22 o 23 casas hechas hace más de cien años y que no habían sido modificadas”, dijo.
-¿Y su familia?
-Yo siempre fui sincero y nunca me gustó agrandarme, sobre todo porque no tuve raíces para serlo. Mi madre era de la gente más pobre que había en Torres en aquellos años. Hacía lo que hiciera falta para ganarse un pesito para comer. Mi padre también trabajó en la Colonia durante 40 años. Mire qué casualidad: yo entré a trabajar en mayo de 1950 y a los pocos días mi padre se jubiló. Él le llevó los papeles al director de entonces, un tal Montenegro, y el hombre decidió que yo continuara con el puesto de mi padre (muestra otra foto donde se lo ve de pie junto a una olla enorme, rodeado por algunos compañeros de trabajo).
-Se puede decir, entonces, que siguió los pasos de su padre.
-Sí, pero aparte del trabajo en la Colonia yo me gané la vida trabajando de muchas formas. No me quedaba quieto nunca. Vendía en la calle, en la Colonia. Daba a pagar. Tanto vendía pescado, salame casero, como me iba al Once a comprar ropa para revenderla acá. Tenía mis clientes que me encargaban cosas. Toda la vida trabajando para hacerme mi rancho. A los 20 años ya estaba trabajando, haciendo los cimientos. Crié mis dos hijos y después mis tres nietos, siempre luchando, siempre trabajando. No le debo un peso a nadie. Vivimos con lo que tenemos.
-Fanático de Boca, recuerda cuando jugaba al fútbol en los abundantes descampados del pueblo y cita de corrido algunas de las delanteras legendarias del equipo xeneixe. ¿Sobre qué otras cosas escribió?
-Hay muchas anécdotas, pero siempre tratando de no ofender ni criticar a nadie. Tengo historias de familias enteras, algunas con doce o trece hijos. Me fui acordando de todos, poco a poco. No del apodo, sino de los nombres. Están nombrados todos los ranchos que había en Torres, los nombres de quienes los habitaban, a qué se dedicaban esas familias, los comercios principales del pueblo, todo. Por ejemplo: un señor que se llamaba Idelfonso Esteban, que tenía un rancho con quinta acá cerca donde ahora hay una caballeriza, su esposa Andrea Fernández, y doce hijos que ya eran grandes. Yo no tendría más de siete u ocho años, pero los conocí y me acordé de todos los nombres.
-Una tarea meticulosa.
-Por ejemplo, me llevó tres años ubicar a una familia. Yo a los 5 o 6 años ya conocía a los Bonzo, que tenían dos chicos más o menos de mi edad. Una se llamaba Chichita y otro se llamaba Coco. Esa gente era de General Rodríguez, el padre se llamaba Don Amadeo Bonzo. Ese señor, cuando yo era chico, un día me dijo "¿No tenés trabajo?, ¿querés ganarte unas monedas?, veníte a barrerme el negocio y a embolsar azúcar y yerba". Ellos tenían reparto en el campo. Empecé a trabajar y enseguida me hice amigo de Coco y de Chichita, y le tomé cierto afecto a esa familia. Después se fueron de Torres y no los vi nunca más. Entonces empecé a buscar por todos los pueblos de la zona a ver si ubicaba a algún familiar. Un día, a las 4 de la tarde, llamé a un número que había conseguido a las perdidas. Me contesta una señora. ¿Quién habla?, habla un señor de Torres”, respondo, “¿De Torres?,Sí, ¿usted de casualidad conoce a algún familiar Bonzo?, “Bonzo soy yo señor, “¿no me dirá que usted es Chichita Bonzo?; se largó a llorar la señora. Yo le pedí disculpas por hacerla pasar un mal momento. No se acordaba de nada pero se acordaba del negocio del padre y se acordaba de una amiga que se llamaba Carmen Tala; casualmente la hermana de mi señora. Entonces me pasó el número de la hija del comandante del Crucero General Belgrano, Elías Bonzo, que era hermano de Amadeo y que sabía venir a visitarlo al pueblo.
-Qué linda historia...
-Hay muchas. Acá en Torres ha habido gente realmente solidaria. Por ejemplo, un señor que a cualquier hora del día o de la noche, con una valijita de madera, salía a dar inyecciones: Don Manuel Camañón. Era enfermero en la Colonia y cuando terminaba pasaba por las casas, siempre silbando. Cuando la gente preguntaba qué le debía, él decía "“nada"”. "“Cuando tengas un pollito o una gallinita llévamela a casa"”, decía. También otra señora que era la partera del pueblo: Doña Luisa Protolongo. Si sabía que había una mujer que estaba por tener familia, se quedaba en algún rincón envuelta en una frazada hasta que tuviera el chico. Se quedaba lo que hacía falta. Cuando preguntaban qué le debían, decía lo mismo. “Cuando tengas algún pollito o algo que te sobre, llevámelo a casa que será bienvenido”. Era viuda y vivía en una piecita. Eso es solidaridad. Por ahí me olvido de alguno, pero no por maldad. También había un señor que era presidente de la sociedad de fomento y regaba las calles del pueblo en verano: Don Ángel Derisio.
Como una declaración de principios, Martínez ofrece a quien pase por su casa un texto de su factura porque no falta gente que dice que yo ando inventado historias. Quiero decirle a mi pueblo, para que quede bien claro y no haya malos entendidos, que yo, Elhi Martínez, no escribo algo de mi pueblo que no sé, ya que está en mi memoria y recuerdos, reza.
Creo que estoy haciendo una cosa sana, que no ofendo ni critico a nadie. Hay anécdotas que no valen la pena porque tengo que hacer ciertos nombres que no tengo ganas. A veces viene gente a casa y se queda conversando o revolviendo papeles hasta la noche. Pero yo no quiero nada. Todo lo que escribí lo doné al Centro Esperanza Compartida. Ellos quieren hacer un libro para venderlo y están trabajando con la Municipalidad. Yo les dije que yo no quiero ni cinco centavos. Yo quiero que la gente sepa qué había en Torres.