Se terminó -o al menos por ahora está desplazada- esa idea del candidato hablándole a las grandes convocatorias. Menos aún con discursos largos. En cada campaña que pasa gana terreno la inmediatez; la información más propia de los nuevos formatos de la comunicación.
Lo que cambió es lo que se busca mostrar y cómo se elije mostrarlo. Ahí radica el contenido de las campañas electorales y tenemos un correlato local.
Atrás quedaron aquellos años en los que la campaña de cada lista o candidatura se separaba entre dos grandes momentos: la presentación de la nómina de candidatos, por un lado; y en el otro extremo el cierre de campaña. Para esta última instancia era habitual un acto a toda orquesta. Y no estamos hablando de registros en fotos en blanco y negro, sino apenas un par de campañas electorales atrás. Se recuerdan en Luján almuerzos o cenas en el salón deportivo del club Ateneo; o de otros clubes de barrio; o el local bailable de la esquina de la Terminal rebosando de militantes y vecinos interesados en aportar su presencia para determinada propuesta.
En ocasiones, esos lanzamientos o cierres eran coronados con la palabra de algún dirigente de peso o candidato nacional. Se entendía que ese esfuerzo en movilización y gasto para armar el gran acto de cierre tenía un correlato en las urnas.
Se pensaba –porque así lo decían los propios dirigentes políticos- que nadie dudaba respecto de la necesidad de armar ese acto como “demostración de fuerza”. Por eso, si bien se realizaban actividades parecidas a las que hoy ocupan la agenda de los precandidatos, el gran esfuerzo se centraba en el cierre de campaña.
Hoy la estrategia comunicacional es diferente. Incluso en aquellos que siguen apuntando como necesario un acto de cierre. En todo caso, esa actividad se realizará en un inmueble de escasa capacidad. Muchos optan directamente por los locales partidarios. Eso bastará para difundir que se abarrotó de gente y que “hasta quedaron compañeros afuera”. El esfuerzo es considerablemente menor y el mensaje es el mismo: repleto para escuchar a los candidatos.
Se terminó –o al menos por ahora está desplazada- esa idea del candidato hablándole a las grandes convocatorias. Menos aún con discursos largos. En cada campaña que pasa gana terreno la inmediatez; la información más propia de los nuevos formatos de la comunicación.
Es ahí donde se impone y logra penetrar con fuerza la historia personal; el mano a mano; el diálogo con grupos reducidos de gente que en todo caso tendrán el interés común de la ubicación geográfica –el barrio, la sociedad de fomento, el club de la zona-; de los hábitos o los grupos de edad.
Entonces vemos los timbreos –que, claro está, serán reflejados pura y exclusivamente en los casos de resultados positivos-; las selfies con un vecino acompañadas de su historia personal; caminatas sin más objetivo que cruzar apenas a un habitante que tire el centro y permita la charla.
Se graba, se subtitula, se le da forma de gacetilla o publicación para las redes sociales y no más que eso. Mensajes breves, en lo posible contundentes y que intenten sensibilizar; lograr la inmediata empatía con esa propuesta.
Claro que no cuesta nada encontrar una brecha. Una enorme brecha. Porque que se hayan impuesto cambios en la manera de comunicar y generar los mensajes en las campañas no se condice con una modificación en las urgencias o demandas de los vecinos. El desafío está en saber contar ahora con esas nuevas formas, tan fugaces si se quiere, cómo se hará para solucionar los problemas de la salud pública, de la inseguridad, del basural o del abandono en la zona turística, entre otras cuestiones, para remitirnos al ámbito local.