Desde hace un tiempo, la cartera educativa bonaerense habilitó la utilización de los dispositivos como "recurso de interacción áulico". Sin embargo, el aula y el teléfono móvil no terminan de dinamizar "su relación". Varios educadores sostienen que "es una herramienta que puede ser buena" para el aprendizaje si se aplica correctamente.
El teléfono móvil parece haberse transformado en el ícono de la era digital. Un celular es hoy para muchas personas, especialmente para los adolescentes y muchos jóvenes “hijos de la era digital”, algo más que un aparato de comunicaciones interpersonales.
Un teléfono móvil es la agenda, el reloj, la puerta de acceso a la información, el mundo de los vínculos, el medio para estar “conectado”, el almacenamiento de la información, la tabla de apuntes, la fuente de diversión, el recurso fotográfico, entre otras funciones.
Las corrientes educativas de los últimos diez años han insistido, desde sus perspectivas y lineamientos, en la incorporación de las TICs (Tecnologías de Información y Comunicación) a los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Sin embargo, el espacio áulico y el teléfono móvil no terminan aún de dinamizar “su relación” para optimizar este recurso didáctico, potenciando el uso de un aparato que para los adolescentes es tan común como lo fue un reloj, una máquina de escribir, una lapicera pluma o una enciclopedia para los que son hoy adultos o adultos mayores.
En la provincia de Buenos Aires, desde el 2006 hasta el 2016 la resolución Nro. 1728/06 determinó la prohibición del uso de teléfonos celulares en el aula.
La normativa consideraba que “el uso del celular en el aula descentra y desconcentra el proceso de enseñanza aprendizaje, debiendo el acto educativo preservarse de ésta y de otras desvirtuaciones análogas y que para cada medio de comunicación existe un espacio propio”.
Ya en el 2016, la cartera educativa bonaerense derogó la normativa y habilitó la utilización de distintos dispositivos electrónicos (teléfonos móviles inclusive) por parte de alumnos y docentes como “recurso de interacción áulico, previa aprobación por parte del cuerpo directivo de la escuela y en función de un proyecto institucional”.
Las críticas a la nueva medida no tardaron en llegar por parte de algunos expertos en Educación: “Derogar la resolución va a generar más problemas de convivencia y se le va a hacer más difícil al profesor. Hay que decir no a los celulares para uso privado y particulares, y sí para el uso pedagógico y didáctico”.
Desde el otro lado sostenían que “el docente sigue siendo el factor fundamental de la enseñanza y es quien tiene que guiar las estrategias para poder utilizar las TICs en las aulas” y que no veían ningún inconveniente en que el alumno “pueda incorporar su propio dispositivo a su proceso de aprendizaje”.
Sin dudas que la prohibición de este medio tecnológico en el aula ha sido la forma de intentar resolver una situación que ha generado tensiones y que, al no encontrar aún un mapa formativo que lo incluya creativa y productivamente, se lo excluyó.
Pero más allá de la letra de la normativa vigente, el desafío educativo es inevitable: ¿Cómo incorporar cualitativamente este medio tecnológico y sus potencialidades a los procesos de enseñanza-aprendizaje?
Otra pregunta que emerge en esta temática es ¿qué hacer educativamente con la información que a través de dispositivos digitales parece estar “al alcance de la mano” de los adolescentes?
OPINIÓN DE ESPECIALISTAS
Los estudiantes suelen llegar a la escuela con conocimientos procedentes de Internet o de algún otro medio de comunicación en una variedad de temas y a veces puede tratarse de información fragmentada, incluso deformada.
En este contexto, varios expertos en Educación aseguran que “lo que se necesita no es mayor información sino formas para resignificarla, es decir capacidades para buscar, seleccionar e interpretar esa información a la que hoy se accede fácilmente”.
Además, sostienen que “la importancia y el desafío que tiene el uso de las tecnologías en el aula no puede pensarse lejos del contexto de la cultura en las que se inscriben”.
En este marco, coinciden que una de las funciones de la institución educativa tiene que ver con “la preparación para el uso consciente, crítico y activo de la información y el conocimiento”.
Edith Litwin, pedagoga argentina, sostenía que “a la escuela le cabe asumir un papel protagónico en generar rupturas, conceptualizaciones y promover criterios que orienten las búsquedas y permitan que los jóvenes tomen los espacios megainformáticos intentando dotarlos de sentido en relación con los conocimientos respecto del mundo y sus culturas”.
Una encuesta realizada por el Enacom (Ente Nacional de Comunicaciones) a fines del año pasado, ofrece un sustento estadístico a la afirmación de los pedagogos.
Entre las conclusiones de la consulta realizada a adolescentes se destacó que cuando buscan información en la web, ocho de cada diez eligen la primera página que ven, no diferencian ni analizan la procedencia de la información, ni quién es el autor. Además, la mitad busca el sitio web más popular y no el que tiene una mayor especificidad en el tema. “Elijo el primer link porque si aparece delante de todos, es el más confiable”, argumentaba en la consulta un adolescente.
“No aprovechan el potencial de internet. Es importante proveer de herramientas y soporte a los jóvenes. Eso está perfecto, pero no puede ser el punto de llegada. Hay que fortalecer los usos y las prácticas”, describió Roxana Morduchowicz, doctora en Comunicación y responsable de la investigación.
“No diferenciar la procedencia de la información, ni distinguir información de publicidad pone en riesgo su capacidad de reflexión y de pensamiento crítico”, explicó la investigadora.
VOCES DE PROTAGONISTAS
EL CIVISMO dialogó con algunos docentes y un grupo de estudiantes secundarios acerca de la utilización de celular en las escuelas. Tanto los educadores como los alumnos han coincidido en algunas ventajas y riesgos acerca del uso del celular en el espacio áulico.
Varios educadores sostienen que el teléfono móvil “es una herramienta que puede ser buena” para el aprendizaje si se aplica correctamente.
“Te ofrece algunas posibilidades como el rastreo de un tema, recoger información, leer los diarios o una manera de investigar más inmediata”, compartió uno de ellos.
“Yo les propongo a mis alumnos que lo utilicen para varias cosas desde registro fotográfico de algún esquema o gráfico importante, buscar algunas definiciones o conceptos hasta apuntar las fechas de evaluaciones”, manifestó otro de los educadores consultados.
“En mi caso para la aplicación de algunas fórmulas o una app de calculadora científica”, agregó el profesor de Matemática.
En tanto, los estudiantes tuvieron opiniones similares a las de sus docentes, aunque utilizaron otros términos para sus respuestas. “En clase lo usamos para ‘googlear’ algo que nos propone el profesor” o “buscar algunas ideas para los trabajos prácticos que nos piden”, compartieron.
“Yo en el ‘Calendar’ tengo agendadas las pruebas y las fechas de entrega de trabajos. Además de usarlo también para lo que dicen ellos”, dijo una de las estudiantes haciendo referencia a sus compañeros.
“En algunas materias hacemos videos o presentaciones y para eso usamos el teléfono y algunas aplicaciones. También el WhatsApp para algunos grupos de trabajo”, agregaron.
Por otra parte, respecto de los riesgos o desventajas, los educadores plantearon su preocupación “cuando el celular se utiliza para ‘otra cosa’ en el aula, situación “que es muy difícil de detectar”, plantearon.
Incluso la inquietud de los docentes va más allá del espacio áulico: “creo que el celular o la computadora les quita horas al descanso y al estudio de los chicos”, comentó uno de ellos.
Los adolescentes afirman que están “mucho tiempo con el celular” pero lo perciben como “algo normal”. Y también admiten que “algunas veces” utilizan el dispositivo móvil en el aula para otros fines. “Escuchamos música mientras trabajamos, si el profesor nos deja” y reconocen que a veces “whatsappeamos o estamos en las redes sin autorización”.