Maradona, un fenómeno social

"Maradona fue tantas cosas. Se sabe, es una obviedad, que jugó a la pelota como ningún otro mortal hasta este momento. Entonces es claro que fue un futbolista. Posiblemente el mejor de todos los tiempos. Un artista del fútbol. Pero esa genialidad inigualable no alcanza para explicar su condición de mito moderno, un fenómeno social que trascendió largamente el ámbito deportivo, quizás como ningún otro deportista en la historia".

Murió Diego Armando Maradona. La noticia conmovió al país y ese impacto se trasladó al mundo entero, como corolario de una figura que logró trascender cualquier frontera. Desde la racionalidad, una noticia que varias veces pareció cercana, posible, y más en este último tiempo, cuando el deterioro físico del (ex) jugador era evidente y público. Desde el componente emotivo, una noticia imposible, difícil de digerir, inimaginable. Hasta en este camino inevitable para todos, como es la muerte, Maradona fue capaz de generar percepciones contrapuestas, de borrar las fronteras entre lo real y lo irreal, de empujar hasta los bordes ese conjunto de fenómenos físicos y subjetivos que solemos llamar realidad.

Maradona fue tantas cosas. Se sabe, es una obviedad, que jugó a la pelota como ningún otro mortal hasta este momento. Entonces es claro que fue un futbolista. Posiblemente el mejor de todos los tiempos. Un artista del fútbol. Pero esa genialidad inigualable no alcanza para explicar su condición de mito moderno, un fenómeno social que trascendió largamente el ámbito deportivo, quizás como ningún otro deportista en la historia.

Si no fuera así resulta difícil explicar su plena vigencia a pesar de haberse retirado hace 25 años y de no haber vuelto al primer plano del fútbol mundial (salvo su breve paso como técnico de la Selección, que además no terminó de la mejor manera).

Hay que insistir entonces en la idea de que Maradona fue mucho más que un futbolista excepcional. De ahí que intentar separar su carrera futbolista de sus otras facetas pueda servir para ser políticamente correcto, pero de ninguna manera alcanza para comprender su representatividad popular. Implica, en cambio, su negación. Y de ahí que esos atajos se vuelvan desvaríos intelectuales de profunda raíz antipopular.  

La figura de Maradona fue capaz -y lo será todavía más de ahora en más- de representar anhelos extrafutbolísticos. Hay tantos Maradona como sectores que se identifican con él más allá del fútbol (aunque ese haya sido el vínculo inicial). Ocurre esto incluso entre sus detractores, quienes necesitan visualizarlo como un todo, para luego volverlo a recortar y así poder argumentar en su contra.

Para muchos, la figura de Maradona representa un escudo contra el poder, una revancha plebeya, la fortaleza para caerse y levantarse varias veces, la insolencia de quienes tienen prohibido ser insolentes. En lo más íntimo y personal, una sucesión de alegrías imborrables, un pedazo de infancia, el recuerdo de familiares que ya no están, una compañía omnipresente desde que se tiene uso de razón. En este sentido, la comparación de Maradona con una divinidad no es exagerada, porque las deidades son capaces de absorber representatividades diversas. Lo mágico, en este caso, es que Maradona no descendió de ningún olimpo, sino que se hizo desde el barro más mundano para convertirse en un fenómeno cultural que seguirá reatroalimentándose a pesar de su muerte (para muchos y muchas Maradona también encarna alguna faceta del mal).

Hace rato que dejó de ser una persona para ser una idea (o varias), como ocurría con los relatos mitológicos antiguos, historias que tenían diferentes versiones y servían como organizadoras de explicaciones diversas. Porque Maradona fue tantas cosas y será muchas otras de aquí en adelante.