La semana pasada se conmemoró el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, con masivas movilizaciones en todo el país. La fecha remite a la lucha feminista por mejores condiciones laborales. Luján también tiene antecedentes centenarios.
La semana pasada se conmemoró el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En los últimos años la fecha muestra una participación masiva de los colectivos feministas en las calles de distintas ciudades. En esas instancias se ponen en juego diferentes reivindicaciones, algunas de largo arrastre y otras enfocadas en planteos más recientes. Este carácter reivindicativo la posiciona como una fecha de lucha.
Si bien recibió la declaración oficial varios años después, uno de sus antecedentes se remonta al 8 de marzo de 1908. Ese día, 129 mujeres murieron mientras reclamaban diferentes mejoras en una fábrica de Estados Unidos, donde trabajaban. El dueño decidió cerrar las puertas con la intención de desalentar la protesta y un incendio terminó con las vidas de aquellas obreras.
Lo sucedido se inscribe en la larga y extensa lucha por mejores condiciones laborales que se dieron en diferentes países en aquel cambio de siglo, en las que muchas mujeres también tuvieron una participación decidida. Si los trabajadores debían soportar explotaciones diversas, para las trabajadoras esa situación resultaba todavía más gravosa, no sólo por el impacto de una cultura fuertemente machista sino también porque muchos de los oficios percibidos como femeninos solían acarrear cierta invisibilización intrínseca. Ese fue el caso de las costureras, una tarea que por lo general se desarrollaba puertas adentro de los domicilios.
Los archivos locales son bastante poco generosos al momento de reconstruir aquellas historias de mujeres trabajadoras y organizadas, presentes en los grandes centros urbanos pero también en localidades más pequeñas. La escasez de fuentes documentales, sin embargo, alcanza para recrear muy parcialmente una de las primeras experiencias organizativas protagonizada por obreras lujanenses.
Era el verano de 1908. Las amenazas de huelga comenzaron a recorrer las calles de Luján y llegaron a la prensa local. La advertencia provenía de mujeres que se dedicaban a tareas de confección de indumentaria textil. Eran conocidas como “chalequeras” y “pantaloneras”. Trabajaban para diferentes sastrerías que funcionaban en la ciudad, probablemente desde las soledades de sus hogares, dispersión que sin dudas dificultaba cualquier proceso organizativo con fines reivindicativos. Les pagaban por pieza entregada y exigían un aumento de 0,50 centavos por unidad.
“Nos ha llegado a nuestro conocimiento que las costureras de pantalones y chalecos de esta localidad van a declararse en huelga en estos días, si los dueños de sastrerías no mejoran el precio que actualmente les pagan por cada una de las piezas aludidas. Sabemos que el aumento reclamado por las costureras se exigió y que a él accederán los patrones, sin necesidad de que haya conferencia pública”, reseñaba el período La Opinión.
Se trataba de un rubro especialmente proclive a la explotación laboral. El historiador Lucas Poy rastreó un manifiesto editado en 1895 por obreras costureras de la Ciudad de Buenos Aires. Se denunciaba que “las jornadas de trabajo se extendían hasta doce horas diarias y que las trabajadoras debían ‘costearse las máquinas de coser, los gastos de mantenimiento y conservación, el valor del hilo y el gasto del tramway para entregar el trabajo’, lo cual hacía que tras una agotadora jornada no se quedaran sino con un ingreso de unos treinta centavos”.
Pocos años después, un artículo firmado por Delia Mancini en La Protesta describía los padecimientos de esas trabajadoras en el interior provincial: “Quiero relatar la vida de las costureras de campaña y no puedo encontrar una frase, una palabra que sintetice todo el odio que ha despertado en mí el espectáculo del sacrificio de esas infelices, pobres mártires de la miseria, desventuradas víctimas del amo sediento de hora y del macho sediento de placeres. He visto a esas pobres obreras, pálidas, delgadas, de carne cocidas como pingajos, arrastrando su vida de dolores entre la máquina asesina y el lecho monstruoso donde reciben resignadas el abrazo brutal que les asegura un mendrugo de pan; mejor dicho, que les permite trabajar interminables horas para ganar un puñado de níqueles con que satisfacer a medias las imperiosas necesidades de la vida”.
Pese a las dificultades que imponía el trabajo domiciliario, la posibilidad de iniciar una lucha que dejara abierta la alternativa de la huelga mostraba la madures organizativa desarrollada por las obreras lujanenses. Esto indica un proceso de reuniones que derivaron en la decisión de iniciar el reclamo colectivo. Muchas de las costureras integraban los contingentes de inmigrantes arribados recientemente el país, según se desprende de un comentario de La Opinión que desaconsejaba aplicarles la Ley de Residencia, norma creada para expulsar a extranjeros que se vinculaban con las luchas obreras.
Pocos días después, chalequeras y pantaloneras difundieron un manifiesto dirigido a los patrones: “Hace mucho tiempo que el gremio de pantaloneras y chalequeras viene soportando pasivamente muchas privaciones debido al exiguo precio que se paga por las referidas confecciones. Por tal causa hemos determinado presentar a Vd. en particular y a todos los patrones de sastrería en general, para su aprobación la presente solicitud de aumento de precios a fin de que se sirva contestarnos en el perentorio plazo de cuarenta y ocho horas, que expiran el lunes 10 de febrero. De lo contrario nos declaramos en huelga”.
Lamentablemente se desconoce cómo se resolvió el conflicto. Su desaparición de la prensa local, sin embargo, hace suponer un acuerdo entre las partes que frenó el paro anunciado y logró el pedido exigido.