La primera casa de Luján

Cuesta imaginar que donde hoy vibra la ciudad ayer reinaba el silencio de la inmensidad de la pampa. Entonces, ¿cuál habrá sido la primera casa? ¿Dónde estaba? ¿De quién era?, son preguntas inevitables.

Antes de su imponente Cabildo de frontera con los pampas, antes de que las campanas trazaran caminos en el aire y los peregrinos llegaran traídos por la fe, Luján fue sólo horizonte y viento. Un mar de soledad donde el río murmuraba sin saber la trascendencia que portaría la llegada de la primera casa, perdida en la más remota nada e ignorando que estaba fundando la historia de un pueblo de futura nombradía internacional.

El vocablo “lujan” significa luz, brillo, lucimiento. Pero antes de iluminar mapas y corazones, fue un apellido marcado por la muerte: el del conquistador Pedro de Luján, caído el 15 de junio de 1536 en combate contra los querandíes, a orillas del legendario cauce. Primero fue el río el que se llamó Luján, luego la Virgen tomó ese nombre para sí y después el pueblo, que durante siglos sería conocido como “Luxán” antes de adoptar su grafía actual.

A la vasta región atravesada por el río se la conoció como “Valle de la Muerte”, “Valle de la Matanza” y “Valle de Corpus Christi”. Junto al vado que permitía cruzarlo, un sauce o tal vez un tala solitario, ofrecía una referencia en la inmensidad pampeana, y otorgaban a la zona un sugestivo nombre: El Árbol Solo.

CAMPOS SIN GENTE

La primera distribución de tierras en la zona fue ordenada por Juan de Garay en 1580, tomando al río como eje. Pero pasaría casi un siglo antes de que aparecieran moradores permanentes. Demora más que común y justificada, en una época en que el valor de la tierra era casi nulo por la inexistencia de alambrados que permitieran la agricultura, que atrajeran manos que quisieran quedarse. Sólo podía interesar el ganado vacuno salvaje que atrapaban para comercializar el cuero, pero esa actividad no radicaba población.

La soledad infinita de la pampa, sumada al peligro constante de los malones, hacía que los primeros intentos de poblar fracasaran una y otra vez. Las estancias se otorgaban, se abandonaban, y volvían a entregarse, mientras cada nuevo asentamiento se convertía en un nuevo puesto de frontera.

Así eran los campos donde germinó nuestra ciudad, apenas un punto en el inmenso silencio, azotados por el sol de enero, azotados por crueles inviernos, la ingobernable furia del pampero y la siempre acechante ferocidad de los pampas.

LA PRIMERA MORADA

Hubo que esperar hasta el 24 de octubre de 1637, momento en que estos campos vieron nacer la primera casa estable. Aquel día, como premio por combatir contra los aborígenes le cedieron una extensa fracción de terreno al sargento mayor Marcos de Sequeiras. Allí, a la vera del río y a la altura de la actual avenida Doctor Muñiz, levantó el casco de su estancia. 

A ese mismo lugar, su esposa, Ana de Matos llevó en 1671 la imagen de la Virgen de Luján y al Negro Manuel, procedentes de los campos de Oramas, donde había ocurrido el Milagro de 1630.

La casa, sencilla y acorde a su tiempo, probablemente tuviera paredes de barro y paja, piso de tierra, ventanas estrechas cerradas con cuero, techo de paja a dos aguas, un patio amplio con aljibe, corrales para animales y el inevitable mangrullo para otear el horizonte. Fue aquel casco de estancia la semilla fundadora. Un rancho que empezó a volverse sagrado, sin altar, pero con plegarias; sin multitudes, pero con la bondad infinita del Negro Manuel, el más leal servidor de la Virgen de Luján.

HACIA EL NACIMIENTO DEL PUEBLO

Aquel primer establecimiento no provocó un poblamiento inmediato. La llegada de familias fue lenta y solo se consolidó décadas más tarde, cuando en 1663 el “Camino Real hacia Chile y el Perú” atravesó Luján y cuando en 1685 se construyó el primer gran templo: la Capilla de Montalbo.

Las primeras viviendas no fueron más que precarias chozas de cuero para guarecerse del viento, las lluvias, el sol ardiente o las heladas. Sin madera ni piedra, la pampa dictaba las reglas: barro, paja, cañas, ramas, horquetas y cuero eran los únicos materiales posibles para levantar los ranchos que darían origen al pueblo cuyo nombre hoy trasciende fronteras.

Hacia fines del siglo XVIII comenzaron a levantarse el Cabildo y la llamada Casa del Virrey, hoy declarados Monumentos Históricos Nacionales. En sus muros aún resuena el pasado de un pueblo donde los caminos de la Fe y de la Historia se encontraron para elevar el nombre de Luján a un lugar de privilegio, dentro de la memoria social, política y religiosa de nuestra Nación.

Fuente: Colección Revista Nosotros digitalizada por el CIIE (Centros de Capacitación, Información e Investigación Educativa), que forma parte del Archivo Patrimonial de la JUNTA MUNICIPAL DE ESTUDIOS HISTÓRICOS.