Santiago Rosso y los seis premios de "Come From Away"

El musical obtuvo seis reconocimientos en España y consolidó una experiencia internacional inesperada para el equipo creativo del que Rosso formó parte.

Resulta difícil encasillar a Santiago Rosso en una sola función. Su recorrido combina dirección musical, interpretación, composición, docencia universitaria y gestión cultural, sin que ninguna de esas áreas aparezca como secundaria. Mientras participa en producciones de alcance internacional, sostiene proyectos institucionales de largo plazo y desarrolla iniciativas propias, con un nivel de continuidad y rigor que da cuenta de una práctica constante.

Durante el año pasado, fue parte del equipo creativo del espectáculo musical "Come From Away", premiado en España.

El impacto, cuenta Rosso, fue tan inesperado como profundo. El viaje a España estuvo a punto de no concretarse: eran pocos días y no existía la expectativa de ganar. Por eso, la sorpresa fue total desde el primer galardón. La ceremonia se vivió como una noche de enorme agradecimiento a la comunidad artística y al público español, que celebró la obra con una generosidad que superó cualquier previsión, otorgándole seis galardones de las doce nominaciones.

En lo personal y artístico, Rosso destacó el carácter colectivo del reconocimiento y la responsabilidad de contar una historia real, de personas vivas, bajo el liderazgo de Carla Calabrese. Al mismo tiempo, el reconocimiento activó un vínculo íntimo con su lugar de origen: “Sentí también que debía compartir ese momento con mi patria chica, a la que le debo tanto. Por eso mencioné a Luján y, en particular, al Coro Municipal, que siempre me acompaña como un recordatorio de dónde vengo y hacia dónde vuelvo”.

El Coro Municipal de Cámara de Luján nació como un pedido puntual y, en un comienzo, Santiago Rosso pensó que sería un proyecto transitorio. Sin embargo, diez años después, continúa al frente del grupo, que con el tiempo se convirtió en un espacio de aprendizaje mutuo y de fuerte vínculo con la comunidad. “El coro se transformó en una herramienta poderosa para acercar la música a las personas, tanto a quienes cantan como a quienes escuchan”, señala, consciente de que el crecimiento del proyecto implica también nuevos desafíos y una mayor responsabilidad artística.

El Coro Municipal de Niños surgió casi como un mandato. Junto a Lucas García, Rosso advirtió la presencia masiva de chicos en los conciertos del ciclo Conciertos del Árbol Solo, en la Basílica de Luján, y decidió responder a ese llamado. Tras presentar el proyecto, el coro se creó y hoy atraviesa un crecimiento sostenido.

Para Rosso, ese movimiento cultural tiene una base clara: “Luján es una usina increíble de artistas”. Destaca que la ciudad ofrece espacios para comenzar, aunque remarca que todo artista necesita ampliar su horizonte a través del viaje, el estudio y el intercambio con otras realidades. Esa experiencia, entre Luján, Buenos Aires y Europa, le permitió fortalecer su mirada sin perder el arraigo. “Yo estoy enamorado de la Argentina por múltiples razones y siempre tengo tiempo, espacio y ganas de seguir aportándole algo a Luján siempre que pueda”.

Luján, afirma, sigue creciendo culturalmente, pero ese desarrollo depende del compromiso colectivo y del respeto que la comunidad se dé a sí misma.

Para Santiago Rosso, el vínculo con la música fue transformándose con el tiempo. Al comienzo, lo enamoraron los sonidos en sí mismos —melodías, armonías, texturas—, pero hoy lo moviliza sobre todo su capacidad de generar encuentro. “Lo que hoy me enamora es lo que la música nos permite: llegar a las personas”, explica, y define a la música como un lenguaje que habilita conversaciones sin palabras, o con palabras organizadas por el sonido.

En ese sentido, el concierto ocupa un lugar central en su concepción artística. Lo entiende como un fenómeno social único, construido a partir de horas de trabajo y de un acuerdo tácito con el público, que elige el silencio para escuchar. Ese intercambio, atravesado por lo imprevisible, es para Rosso el corazón del arte vivo: un espacio donde nadie sabe exactamente qué puede ocurrir. Por eso defiende con énfasis el valor del espectáculo en vivo, el aquí y ahora, con cuerpos presentes y sin mediaciones virtuales.

“Tengo proyectos que siguen en curso, proyectos que inician, proyectos institucionales y propios.” La frase sintetiza el presente de Santiago Rosso, marcado por una intensa actividad y por un recorrido que se expande en múltiples direcciones al mismo tiempo.

Ese despliegue no se limita a la música. Rosso es arquitecto con diploma de honor por la Universidad del Salvador y titular de la cátedra de Historia y Teoría de la Arquitectura IV, una formación que atraviesa su manera de pensar el arte y la creación. Lejos de ser un campo ajeno, la arquitectura se integra a su trabajo como una herramienta conceptual que dialoga con la música, la escena y la gestión cultural.

Desde allí, plantea una relación compleja entre arquitectura y música, que no se deja reducir a fórmulas simples. Ambas, sostiene, pueden pensarse como matemática aplicada a la forma, aunque trabajen con materiales distintos: la arquitectura con sólidos destinados a perdurar y la música con sonidos que existen en relación con el silencio. En ese cruce entre lo efímero y lo imperecedero, ambas disciplinas funcionan como discurso y revelan una misma preocupación por la estructura, el tiempo y el sentido.

El primer vínculo de Santiago Rosso con la música no nació en el ámbito familiar, sino en el asombro. “En mi familia inmediata no había músicos”, recuerda, y sitúa el origen de su vocación en el Teatro Municipal, cada vez que el piano de cola ocupaba el centro de la escena. “Era un espectáculo a la vista y al oído: había algo en su elegancia y su potencia que me dejó completamente fascinado”. 

A los seis años, la posibilidad de estudiar se volvió concreta gracias a un gesto decisivo: “Como en mi casa no había piano, cuando cumplí seis años, mi tío Hugo ‘Bocha’ Rosso me regaló un pequeño teclado de cuatro octavas para que pudiera empezar a estudiar.” Ese regalo marcó un punto de no retorno. “Ese gesto, que para mí fue enorme, abrió una puerta que no cerró. Él me escuchó a pesar de que yo era muy pequeño.”  

A partir de allí, el camino se volvió claro: “El siguiente reto fue encontrar una maestra que me enseñe”.

Con el paso del tiempo, la música no solo se transformó en un oficio, sino también en una forma de comprender la vida. Rosso sostiene que la música es una creación profundamente humana: “Creo que inventamos la música para hablar de las cosas de la vida. Yo no creo que la música nos fue dada.” Desde esa mirada, afirma que “la música es una construcción humana con todo lo que Dios nos dio como custodia de su creación”, y que justamente por eso permite una relación menos solemne y más cercana. “Podemos hablar de Dios, del amor, de la muerte, de los amigos, de la comida, de un paisaje, de un sentimiento o de la nada misma”. 

Para él, el aprendizaje es siempre activo: “Aquel que quiere aprender algo de la vida en la música lo va a lograr. Es una conversación activa.” Incluso las obras cambian

con el tiempo, aunque no sean ellas las que se transforman. “A veces, una misma pieza que te acompañó siempre cambia su significado o tiene algo nuevo para decirte: no es la pieza la que se mostró distinta, sos vos quien cambiaste y ya no sos el mismo”.