A 50 años, la memoria vuelve a estar en disputa

El aniversario del 24 de marzo encuentra a la Argentina en un clima político atravesado por discursos que relativizan el terrorismo de Estado.

El nuevo aniversario del último golpe de Estado llega en un momento político cargado de simbolismos que buscan resignificar una etapa histórica que, al parecer, se sostiene sobre consensos frágiles y coyunturales.

A 50 años del 24 de marzo de 1976, la lucha por evitar el olvido de las víctimas del terrorismo de Estado vuelve a tornarse una obligación ciudadana frente a dirigentes y actores centrales de la vida pública que respaldan, sin escozor, una visión reivindicatoria de los métodos de exterminio o los justifican como un desenlace inevitable.

En esos discursos públicos —reforzados por decisiones gubernamentales como el nombramiento de un militar al frente del Ministerio de Defensa, algo que no había ocurrido desde el retorno a la democracia y que formaba parte de ciertas reglas no escritas del consenso democrático— se expresa también la llamada “batalla cultural”.

Entre una porción significativa de jóvenes nacidos en los albores de este siglo se percibe desapego, indiferencia o desconocimiento respecto de una etapa que ya aparece lejana y cuyo significado se ha vuelto, para muchos, difuso o abstracto.

En esa distancia reside, quizá, uno de los mayores éxitos de la renovación del ideario derechista bajo la figura del presidente Javier Milei: el tiempo erosiona la memoria, que siempre resulta más frágil cuando no está sostenida por una pedagogía activa y una voluntad política clara.

Conviene, sin embargo, ser justos: esta etapa de relativización y deslegitimación de las políticas de derechos humanos no nació hace dos años. Mostró signos tempranos cuando el gobierno de Mauricio Macri prometió “terminar con el curro de los derechos humanos”, habilitando un clima discursivo que hoy se expresa con menos disimulo.

Esa narrativa circula ahora con mayor crudeza. Se alimenta de discursos de odio que recuperan consignas propias de la Guerra Fría y vuelven a señalar al adversario político como un enemigo a erradicar. No se trata solo de una disputa retórica: es una forma de reconfigurar el sentido común democrático.

El contexto internacional parece propicio para ese desplazamiento. La figura de Donald Trump, con su retórica de liderazgo omnipotente y su escalada militarista, profundiza una regresión global en materia de respeto al orden internacional, las instituciones democráticas y las diversidades.

En ese marco, la reconfiguración de la política exterior impulsada por el gobierno libertario —marcada por una alineación explícita con esas potencias— enciende señales de alerta. Más aún cuando el modelo económico vigente reproduce rasgos que la historia argentina conoce demasiado bien: concentración, deshumanización y deterioro del entramado productivo.

A medio siglo del golpe, la memoria no puede ser un ritual vacío ni una efeméride congelada en el calendario. Es, todavía, una herramienta de defensa democrática frente a los intentos de naturalizar el autoritarismo bajo nuevas formas y nuevos lenguajes.