Mientras avanzan el ajuste y la desvalorización de la escuela pública, proyectos comunitarios impulsados por alumnos exponen la importancia del Estado y la educación.
En tiempos donde el individualismo parece convertirse en la medida de todas las cosas, todavía existen experiencias capaces de abrir pequeñas ventanas de esperanza colectiva. No llegan desde los grandes discursos ni desde las redes sociales saturadas de indignación efímera, sino desde espacios mucho más silenciosos y cotidianos. Esta semana, un grupo de alumnos de la escuela secundaria del barrio Lezica compartió en el Concejo Deliberante un proyecto sobre adopción responsable de mascotas y la necesidad de fortalecer políticas públicas vinculadas al cuidado animal. Puede parecer un hecho menor dentro de una realidad atravesada por crisis más urgentes. Sin embargo, allí habita algo mucho más profundo.
La iniciativa permite volver a poner en discusión qué lugar ocupan hoy las juventudes en una sociedad que permanentemente las describe desde el prejuicio, la apatía o la violencia. En medio de comunidades cada vez más fragmentadas, donde las relaciones virtuales muchas veces reemplazan el encuentro humano y diluyen los vínculos de pertenencia, estos jóvenes eligieron involucrarse con un problema concreto de sus barrios y transformarlo en una acción colectiva.
No se trata solamente de mascotas. Se trata de empatía, de responsabilidad y de construcción comunitaria. Es decir, de valores que parecen ir a contramano de una época dominada por discursos que exaltan la competencia individual y reducen toda experiencia social a una lógica de supervivencia personal.
Allí aparece también el enorme valor de la escuela pública como espacio de socialización, contención y pertenencia. El tejido social se resquebraja y muchas familias atraviesan situaciones de enorme vulnerabilidad económica y emocional, pero la escuela continúa siendo uno de los pocos lugares capaces de sostener la idea de comunidad. No únicamente por el aprendizaje académico, sino porque todavía permite encontrarse con otros, debatir, organizarse y pensar colectivamente la realidad.
Detrás de proyectos como el de los estudiantes de Lezica existe además un trabajo silencioso de docentes que resisten en condiciones cada vez más complejas. Lo hacen mientras enfrentan salarios deteriorados, recortes presupuestarios y una permanente estigmatización hacia la tarea educativa promovida muchas veces desde sectores del poder político. Aun así, siguen apostando a formar ciudadanos críticos y comprometidos con su entorno.
Por eso, cuando un grupo de jóvenes decide involucrarse en una problemática pública, también queda en evidencia la importancia irremplazable del Estado. Porque las demandas que surgen desde la comunidad necesitan respuestas concretas: campañas de concientización, programas de castración, atención veterinaria y políticas sostenidas en el tiempo. Pretender que todo quede librado a la voluntad individual o al mercado sólo profundiza el abandono.
Quizás allí radique el verdadero valor de esta experiencia. Mientras desde muchos espacios se promueve la indiferencia como forma de vida, estos jóvenes eligieron organizarse, pensar en el otro y comprometerse con su comunidad. Y eso, en los tiempos que corren, no es poco.